“Producción del migrante y de la migración: neoliberalismo y subjetividad nacional racista”
La presente columna propone reflexionar al neoliberalismo desde los aportes de Pierre Bourdieu, para desde este marco, referir a la situación que experimentan los trabajadores migrantes en nuestro país. En estos días cuando la persona que migra buscando mejores condiciones de vida es racializada y castigada, me parece necesario detenerse a pensar en la construcción de una subjetividad racista construida contra la migración.
Partiré citamdo parte de lo que Bourdieu (1993) advierte en el epílogo de La miseria del Mundo (p. 941):
“El mundo político poco a poco se ha encerrado en sí mismo, en sus rivalidades internas, en sus problemas y en sus propios intereses. Como los grandes tribunos, los hombres políticos capaces de comprender y expresar las expectativas y las reivindicaciones de sus electores son cada vez más escasos (…) Luego agrega: los futuros dirigentes se designan en los debates televisivos o en los conclaves de aparatos. Los gobernantes quedan prisioneros de un entorno tranquilizador de jóvenes tecnócratas que por lo general ignoran casi todo de la vida cotidiana de sus conciudadanos (…) Y señala más adelante: “quedan los intelectuales, cuyo silencio deploramos. Aunque no dejan de hablar a menudo y a veces demasiado pronto, de la inmigración, de la política de vivienda, las relaciones de trabajo, la burocracia, el mundo político, pero para decir cosas que nadie quiere escuchar y en un lenguaje que nadie entiende. Preferimos en definitiva prestar oreja, a cualquier riesgo y con algo de desprecio, a quienes dicen cualquier cosa, sin preocuparse de los enormes efectos que pueden producir propósitos mal pensados sobre cuestiones mal planteadas”.
Para Bourdieu, el neoliberalismo es una revolución conservadora que proviene del discurso dominante: es la utopía neoliberal de los dominantes que buscan un orden económico “puro y perfecto” y, paradójicamente se presenta como una forma de “capitalismo salvaje” donde lo que importa es la maximización de la ganancia y no las necesidades y las urgencias de la sociedad, lo que conduce a la descomposición social, debido al modo en que se dan cita la mercantilización, la desregulación y la individualización. Todo esto, además, se da en un marco de violencias. Pero nos podríamos preguntar con Bourdieu: ¿y si solo se tratara de una utopía -la utopía neoliberal- convertida en un problema político, y que gracias a la teoría económica que proclama busca describir “científicamente” la realidad? Pura ficción entonces dada desde orientaciones racionales y potentes estructuras económicas. ¿Ficción o teoría? Y si se tratara de teoría, esta última es des-socializada y deshistorizada, y por eso pega fuerte (como el monstruo de la canción) hasta funcionar como verdad.
¿Pero que le ocurre al individuo? Pienso que esto se puede advertir ingresando en el concepto de campo para observar las luchas que allí se dan cuando la disputa es la regla, pues obligatoriamente se debe disputar “un lugar” (una posición) para ser apreciado en el mundo con el propósito de dominar, pues es de dominación que se trata, y por lo tanto, de poner en juego (según el campo) un tipo de capital que tenga valor de cambio allí, o sea, en el campo específico donde se produce y se lucha. Entonces, en las luchas donde se compite -ya sea en el arte, la academia, la política, o el deporte- se debe administrar la vida como en cualquier empresa, y al hacerlo se ingresa en una forma de vida que atrapa y de la que difícilmente se puede salir. Porque todo se vuelve individual, especialmente en lo que atañe a la relación salarial caracterizada por las presiones y la búsqueda de rendimiento individual. Así, cada vez se trabaja más y en peores condiciones, lo que afecta a la salud física y mental de las y los trabajadores. Siguiendo a Bourdieu, “emerge un mundo darwiniano: la lucha de todos contra todos en todos los niveles de la jerarquía” (Bourdieu, 1998).
“Sin duda, el establecimiento práctico de este mundo de lucha no tendría tanto éxito sin la complicidad de todos los acuerdos precarios que generan inseguridad y de la existencia de un ejército de reserva de empleados dóciles por estos procesos sociales que precarizan su situación, así como por la amenaza permanente del desempleo”.
En este punto me referiré a los trabajadores migrantes y en cómo podemos verlos formando parte de un ejército de reserva -concepto central en la crítica de la economía política de Marx-, que no cesa de crecer en la misma medida que crece la acumulación de ganancia de quienes explotan. Cuando una persona migrante entra en un mercado de trabajo en el país de llegada, puede ser visto como un factor suplementario que aumenta dicho ejército de reserva, pero en condiciones aún más favorables para la explotación, especialmente cuando tiene condición irregular. Dicha condición implica que puede aceptar salarios más bajos, horarios más largos, incluso malos tratos, además debido a la irregularidad el patrón no hace contrato ni paga su protección social.
Las migraciones forman parte del proceso de formación del modo de producción capitalista y de su reproducción ampliada a escala mundial. En Marx, el “ejército de reserva” designa las fracciones de la clase obrera que se encuentran como excedente para las necesidades momentáneas del capital, pero que están eventualmente disponibles para su explotación. (Libro 1 del Capital). Sin intención de “pegar” lo que Marx esgrime sobre quienes forman parte del ejército de reserva (poblaciones flotantes, latentes, estancadas, o también el lumpenproletariado que sobrevive en la miseria), con la migración los patrones juegan a dos bandas: favorecen la llegada de personal altamente calificado (considerando que de todos modos sus formaciones y títulos son menos reconocidos) y a la vez aprovechan la llegada de inmigrantes no calificados para que trabajen en condiciones desfavorables. Hay aquí también un mecanismo de “descalificación” ya que no pueden probar estudios y terminan trabajando en labores descalificadas engrosando las filas de un ejército de reserva descalificado. Y para que la explotación de migrantes sea posible en distintos rubros laborales, es necesario un trabajo de naturalización que afirme la idea de su inferioridad frente a la sociedad chilena, lo que se consigue gracias al racismo que es un sistema de dominación y una ideología que se practica cotidianamente. Así, después, se legitima el maltrato.
Trabajar el lazo entre neoliberalismo y subjetividad primero, y detenerse después en la construcción de una figura como la del migrante, implica analizar varios elementos: las dinámicas económicas, culturales, sociales y simbólicas del período neoliberal del capitalismo. Podemos acudir al Nacimiento de la biopolítica en Foucault, cuando refiere al “empresario de sí mismo” que tal como antes lo decíamos desde Bourdieu, implica una competencia generalizada: acumulación, maximización del rendimiento de lo que hoy se denomina “capital humano” y que obliga a conductas individuales que remiten a un tipo ideal de persona, y que siguiendo mi preocupación por las personas migrantes, se observa en el campo laboral. (Hay una reinvención de un imaginario que proviene de lo económico y que la figura de Donald Trump lo muestra muy bien).
Cuando la persona migrante es considerada como enemigo potencial, podríamos repensar la idea de que “los proletarios no tienen patria” aunque afirmemos que su patria es la humanidad. La cuestión “nacional” entonces, sería el verdadero problema. Pensemos que los países de llegada no han invertido en su educación ni su crianza. Además llegan jóvenes, es decir portan toda la fuerza que necesitan las labores para las cuales se les solicita. Sin embrago aparecen en el paisaje nacional como el “problema” que el racismo nacional ha configurado para ocultar el hecho de que su presencia se deriva de las políticas del capital. Luego, el populismo de izquierda se acomoda en la opinión común y endurece leyes migratorias que devienen peores que las anteriores, al mismo tiempo que declara el temor y construye el miedo que asocia las personas migrantes a diversos delitos culpándolos de los grandes problemas del país. Ese populismo precisa ser nacional y se nutre de un soberanismo que defiende fronteras y al “nosotros” que se opone al “ellos”.
Esta sacralización de la identidad nacional es perversa, pues ella no se puede forjar sin la alteridad a la que se enfrenta y que es vista como la que ensucia la armonía -supuesta- de la nación. Además, el Otro es múltiple. Puede ser el activista, o el migrante cuando las identidades nacionales llegan para mostrarse o quererse purificadas de toda contaminación (de adentro o de afuera). Entonces surge la xenofobia y el racismo contenidos en el odio -racista – que como todo odio deja ver una cierta inseguridad, en este caso del nacional que teme des-posicionarse en el campo laboral o en la vida cotidiana, contra poblaciones consideradas abyectas. La producción de subjetividad frente al migrante implica construirlo negativamente tanto a él/ella como a la migración misma, pues es pensado como portador de una extranjería radical que horada lo social, que aparece en exceso, como un ser que está demás. Y dado que la presencia del migrante muestra que lo establecido se puede desarmar con su presencia, el nacional decide aniquilarlo o al menos violentarlo en permanencia.
En este punto el racismo debe ser considerado como tal, y no colocado bajo otros conceptos, palabras o argumentos, pues es la subjetividad nacional frente a la inmigración la que nos interesa y con ello lo que dicen, cuentan o piensan (a veces en silencio) chilenas y chilenos acerca de la migración y los migrantes. Es decir de cómo actúan cotidianamente, en las instituciones y en el contacto con ellos y por lo tanto en el encuentro con quienes portan los signos de la alteridad: color de piel, corporalidad, edad, lengua, acento, cultura, religión, condición económica, y también de cómo se cruzan estos distintos signos para construir dicha subjetividad chilena frente a la migración, en un contexto nacional profundamente neoliberal. Vale examinar los textos de Sayad (1999) para buscar allí cómo este migrante se va construyendo como tal (por ejemplo diferenciándolo de los extranjeros bienvenidos, lo que debe ser trabajado desde la historia de la conformación del Estado-nación y de su política), desde quienes lo racializan hasta armarlo como una figura que consigue construir a la persona para cambiarla e incluso convertirla como diría Wieviorka (2002) en un no-sujeto, que ya no puede o no quiere participar en los intercambios sociales y deja de ser actor en el mundo.
Porque el neoliberalismo no solamente involucra un proceso de construcción de instituciones y de normas, también es un proceso de construcción de subjetividades y en este sentido es muy productivo. ¿Cómo no va a ser dócil un trabajador que precisa alimentarse y mantener a su familia? ¿Cómo no lo va a ser cuando su condición es irregular?
Sin duda hay mucho por trabajar todavía en este lazo neoliberalismo/producción de subjetividades. Podríamos hipotetizar que desde esta producción de subjetividad nacional frente al migrante, se construye una “subjetivación nacional” de los trabajadores nacionales explotados que implica crear zonas de respiro en medios de condiciones de miseria y de hiperexplotación cotidiana gracias al castigo permanente de un migrante convertido en el chivo expiatorio que enarbola la superioridad racial de lo chileno.
Termino citando a Bourdieu:
“¿Cabe esperar que la extraordinaria masa de sufrimiento producida por este tipo de régimen político-económico sirva algún día como punto de partida de un movimiento capaz de detener la carrera hacia el abismo? De hecho, nos enfrentamos a una paradoja extraordinaria. Los obstáculos encontrados en el camino hacia la realización del nuevo orden del individuo solitario, pero libre, se consideran hoy imputables a rigideces y vestigios. Toda intervención directa y consciente, sea cual sea su tipo, al menos la que proviene del Estado, queda desacreditada de antemano y, por lo tanto, condenada a desaparecer en beneficio de un mecanismo puro y anónimo, el mercado, cuya naturaleza como espacio de ejercicio de intereses se olvida. Pero, en realidad, lo que impide que el orden social se disuelva en el caos, a pesar del creciente volumen de la población en peligro, es la continuidad o supervivencia de las mismas instituciones y representantes del antiguo orden que se está desmantelando, y de toda la labor de todas las categorías de trabajadores sociales, así como de todas las formas de solidaridad social, familiar o de otro tipo”.