Editorial: La mujer que venció a Ortega en las urnas y cambió la historia de Nicaragua
Su vida fue ejemplar. Para definirla pueden utilizarse muchos términos, pero el que la capta en sentido más pleno es este: entrega. Se entregó a sus dos familias: la que construyó junto a su esposo mártir, Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, y la que abrazó con calor, tesón y visión, conformada por todo el pueblo nicaragüense.
Se entregó a la democracia. Bajo su guía, firme, aguda, cálida y compasiva, al fin floreció en Nicaragua, tras décadas de dictaduras, conflictos y arbitrariedades múltiples. Se entregó a la reconciliación de una sociedad fracturada por esa historia y por la polarización alimentada desde el autoritarismo y la intransigencia de otros.
Se entregó a la justicia; también, a la paz: de su país y de sus vecinos centroamericanos. Y se entregó a la conducción de un gobierno decente, honesto, civilista y visionario, no ajeno a las imperfecciones y los errores, pero volcado sin concesiones al bienestar colectivo. Porque fue desde la presidencia, ejercida entre 1990 y 1997, que su impronta caló con mayor profundidad y relevancia.
Por todo lo anterior, es posible decir que ninguna otra persona ha aportado tanto a Nicaragua, en un sentido pleno, como Violeta Barrios de Chamorro. Falleció el sábado en San José, a las 2:21 de la madrugada, luego de un prolongado proceso de deterioro en su salud. Sus honras fúnebres se celebraron ayer. Mañana será sepultada en nuestro suelo “hasta que Nicaragua vuelva a ser república y su legado patriótico pueda ser honrado en un país libre y democrático”. Así lo han prometido los cuatro hijos que la sobreviven: Pedro Joaquín, Claudia Lucía, Cristiana María y Carlos Fernando, al anunciar su deceso desde el destierro compartido. Esperamos que su deseo y promesa puedan cumplirse pronto.
Este es el mensaje de los expresidentes de Costa Rica ante la muerte de Violeta Barrios de Chamorro
Los 95 años de su pródiga vida fueron un espejo –a veces brillante, otras sombrío– de los avatares nacionales. Nació en una familia acomodada de Rivas; su educación la recibió en Nicaragua y Estados Unidos. En 1950 se casó con Pedro Joaquín Chamorro, también figura señera en la historia nicaragüense, quien, como director del diario La Prensa, llegó a convertirse en el principal líder y símbolo de la lucha contra el dictador Anastasio Somoza Debayle, hasta su asesinato, el 18 de enero de 1978.
Doña Violeta decidió entonces continuar su lucha, tanto desde el periódico como desde un territorio que hasta entonces le era totalmente ajeno: el de la política, que concibió como un ejercicio ético y una entrega constante. Formó parte de la junta de gobierno establecida tras el derrocamiento de Somoza, el 19 de julio de 1979, pero renunció muy pronto, por los ímpetus autoritarios que comenzaron a imponerse casi de inmediato, impulsados desde el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN). Asumió entonces la presidencia y dirección de La Prensa. Desde esta, debió enfrentar ataques, y hasta un prolongado cierre dispuesto por Daniel Ortega, ya entonces presidente.
Gracias al proceso de paz centroamericano, gestado en Esquipulas y liderado por el expresidente Óscar Arias; al deterioro del régimen; a los cambios en la Unión Soviética y a múltiples presiones internacionales, Ortega accedió a celebrar elecciones. Pensó que por el extremo control que ya ejercía y la fragmentación de sus adversarios, tendría asegurado el triunfo. Pero se equivocó: logró formarse entonces la Unión Nacional Opositora (UNO) que, encabezada por doña Violeta, lo derrotó contundentemente en las urnas, con un mensaje de paz, libertad y reconciliación que ganó la adhesión y confianza de sus conciudadanos.
Su gobierno debió ejercerlo en circunstancias críticas y con fuertes corrientes en contra. Afrontó el reto con incomparable y desinteresada entrega. No fue perfecta, pero sí impecable en el ejercicio del poder. Sobre todo, logró que el país pasara –como dijo en el funeral su hija Cristiana– de la guerra a la paz, de la dictadura a la democracia y del estatismo empobrecedor a la economía de mercado.
El proceso de reconciliación avanzó como nunca antes, pero las semillas sembradas por doña Violeta no lograron germinar plenamente en los dos gobiernos siguientes, hasta que, en 2007, Daniel Ortega logró enquistarse en el poder y avanzar progresivamente hacia la peor dictadura que ha conocido Nicaragua.
En momentos como el actual, con un país carcomido hasta la médula desde el poder bicéfalo que ejerce junto a su esposa, Rosario Murillo, el legado de doña Violeta adquiere mayor importancia. No es posible predecir cómo ni cuándo Nicaragua recuperará su libertad, pero sin duda el momento llegará. Entonces, el ejemplo de esta mujer tesonera, sencilla, lúcida y sin miedos, servirá como referente para el enorme proceso de reconstrucción y reconciliación que será imperativo emprender. Paz a sus restos.