"A falta de encuadernado, cuadernístico", se dice y piensa de sí mismo Rodríguez. Y busca en el bolsillo izquierdo de su camisa ese pequeño cuadernito (libreta marca Moleskine) y se pregunta si no debería anotar ahí esa frase. Sumarla a todas las frases ahí atadas --a todas esas oraciones sin acuso de recibo, a la acusación implícita de esas plegarias no respondidas-- queriendo creer en un Dios, en un aliento divino, que acaba de darles sentido y, milagro, las convierta a todas, armoniosas y armónicamente, en ese libro que sueña con escribir desde hace décadas.