Allá por 1974, tenía 14 años, un compañero me deslizó un libro en el pupitre de madera verde, con el orificio del tintero en tiempos del bolígrafo: '50 estornudos sin pañuelo'. Así conocí a Arturo San Agustín , frase corta y sagaz, más ironía que sarcasmo: ojos diminutos que capturan detalles humanos. En el verano de 1992 conocí a Arturo. Redacción de 'El Periódico'. Yo había escrito tres piezas para un suplemento de la Olimpiada y alguien sugirió que publicara alguna con pseudónimo. Arturo, que escuchaba la conversación, me aconsejó socarrón desde su mesa: «Ponte un pseudónimo, es gratis». Cuando ya tuve el privilegio de contarme entre sus amigos, supe que aquellos '50 estornudos' fue el primer título en una...
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