Los sinvergüenzas, usted los conoce, por Mirko Lauer
El sinvergüenza o la sinvergüenza se recuestan en una institucionalidad fallida, desde la cual les colaboran otros sinvergüenzas parecidos. Algunos llaman a esto unidad nacional. Aprovechan que una mayoría de organizaciones del Estado deliberadamente no ha sido diseñada para cumplir su propósito declarado. En lo que no son fallidas es en funcionar como una estafa con patas.
La cantidad de delitos, faltas, incorrecciones cometidos por funcionarios, elegidos o nombrados, que no son sancionados es enorme. Ese es el pan de cada día en la política. Es el Estado benefactor de sus hijos naturales. Es más fácil ir a la cárcel para un presidente que para un congresista. Los capos de ministerio nunca aparecen en la pantalla de lo indebido.
No se ha descubierto cuál es el grado cero de la sinvergüencería peruana, pero probablemente es mentir con cara de palo (como en chancho al palo). Son numerosos los políticos o los funcionarios que dicen cosas que luego demuestran no ser ciertas. Van de lo pequeño a lo muy grande. Funciona como un idioma paralelo al oficial.
Pescado con las manos en la masa, el sinvergüenza se indigna, amenaza con querellar, e intenta salir del hoyo con nuevos engaños al público. Ninguno de estos últimos engaños es una autocrítica; todos son más bien denuncias contra quienes lo han puesto en evidencia. Los menos indecentes se apoyan en la jerga judicial de sus abogados.
Pero el gran aliado del sinvergüenza con poder y responsabilidad es el olvido. En los medios los reconocemos porque llegan indignados por una denuncia, y cuando se les ofrece alguna forma de rectificación, no aceptan, y más bien nos piden que pasemos la página y olvidemos el tema. Así, hay medios que son cementerios de escándalos muertos.
En esos casos el sinvergüenza está más vivo que sus escándalos. Cuando una antigua condena regresa como un zombi para inhabilitarlo, siempre hay manera de zafar el pompis, como se dice en los poderes del Estado. Son las viejas mentiras. Ahora viene la temporada electoral, que es de mentiras frescas, comenzando por los discursos de estos días.
Como lo legal casi no funciona, y todos los infractores son presuntos, pasa muy poco en la tierra del sinvergüenza. Porque para defender al pillo lo legal sí que funciona. Para eso hay, entre otras cosas, un presunto defensor del pueblo.