Ha sido un alivio volver a mi casa en la isla, sin que los agentes de migraciones me sometieran a interrogatorios hostiles ni impidiesen mi retorno a este país en el que vivo hace más de treinta años. Saliendo del aeropuerto, abracé a mi esposa y celebré que los cancerberos del gobierno no hubiesen hincado sus afilados colmillos en mis carnes flácidas. -Todavía soy un hombre libre -le dije. Después llegamos a la casa y dormí tosiendo, o tosí dormido, que es una manera horrible de dormir. Hace tanto calor en la isla que todo el que podía se ha marchado ya. Nos quedamos unos pocos, agonizando bajo el calor infame, arrastrándonos en medio de unos aires candentes que parecen...
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