Para quienes habitan el verano como una estación lenta y premonitoria, la literatura de Javier Marías es sustancia existencial. Es puro verano, en su más esencial demolición del espíritu. Los personajes de Javier Marías —sus rodeos, circunloquios y descalabros— cimbran el desenlace. Narran una desaparición. El verano encarna la ausencia, tal y como Javier Marías la ha descrito en sus estampas más afinadas: la estancia donde un teléfono suena y nadie lo coge; ese momento de angustia de quien está a punto de encender un mechero junto a un carrito de bebé o una navaja mariposa se hunde sin aviso ni motivo alguno en la piel de alguien. El verano es su posibilidad y la tragedia agazapada. Es el pedestal...
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