Mi esposa viajera y nuestra bella hija adolescente que está de vacaciones en el colegio no conocían San Francisco y por eso yo, que soy su agente de viajes y también su dócil mascota, las invité encantado a la costa oeste. No era solo el descubrimiento de San Francisco lo que excitaba la imaginación de las mujeres que gobiernan mi vida. También les hacía ilusión escapar del calor abrasador de la isla en Miami a la que llamamos nuestra casa. Siendo principios de agosto, Miami bordeaba los cuarenta grados centígrados, un aire pesado, húmedo, irrespirable, mientras San Francisco ofrecía una temperatura perfecta de quince grados. En teoría, el vuelo debía robarnos seis horas en las que seríamos rehenes de la...
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