En Madrid las palomas son las ratas del aire. No han llegado al punto de comodidad y gallardía de las gaviotas que, en Gijón, por ejemplo, son capaces de soltarle una bofetada a alguien y quedarse con su comida, pero todo volará. En la ciudad los gorriones apenas se atreven a moverse cuando las palomas están cerca. Se han vuelto caminantes de terrazas, picotean las migas que dejamos e incluso observan, con la frialdad de Mr. Lecter, nuestras cabezas, deseando haber sido cóndores americanos o buitres carroñeros. Fueron los egipcios y los babilonios los primeros en criar estas aves que después, griegos y romanos usaron como alimento. Para comerse hoy una buena paloma hay que irse a Lera, en la...
Ver Más