El verano de Borges es austral. Ocurre entre febrero y marzo. Sus personajes y narradores lo usan como espejo y en ocasiones lo atraviesan. «Mi primer recuerdo de Funes es muy perspicuo. Lo veo en un atardecer de marzo o febrero del año 84. Mi padre, ese año, me había llevado a veranear en Fray Bentos». El estío del argentino es sensación y evocación. Es memoria de la luz, pero no la luz. Cuando escribió 'Los jardines de los senderos que se bifurcan', en 1941, su visión era ya reducida, pero aún no estaba ciego. El mundo, eso sí, era ya plenamente un tanteo. Las imágenes de Borges —el sol de Borges, los tigres de Borges, y como ellos sus...
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