Un progresismo plebeyo
Podríamos decir que lo que, eventualmente, inaugure Jara pueda ser caracterizado como un progresismo plebeyo. Desde la Democracia Cristiana hasta el Partido Popular, quienes apoyan su candidatura –salvo raras excepciones- no pertenecen a los clásicos fácticos que poblaron la otrora Concertación de Partidos por la Democracia. El triunfo de Jara en primarias fue apuntalado por la irrupción plebeya o popular que había sido obliterada por el gobierno de Boric y que, en esta primaria asaltó la escena y se hizo con su conducción ahí donde todo era cadáver. Winter perdió porque llevaba consigo el peso del gobierno. Tohá porque portaba tras de sí el derrumbe de la transición. Dos rostros del mismo muerto: uno en su fase utópica (Winter) el otro en su momento excesivamente pragmático (Tohá). En esta escena, una revuelta tuvo lugar en el progresismo que puso la cuestión plebeya sobre la mesa y dejó a las huestes oligárquicas en la ruina.
Justamente Jara condensa, a la vez, la posibilidad del fin del progresismo neoliberal y la emergencia de un progresismo plebeyo. Un progresismo de los “Gonzales y Tapia”, de aquellos que son “como uno” y nada excepcionales, de los chilenos comunes y corrientes y no de los “alemanes”. En su potencia, Jara porta consigo una política del común; Kast, en cambio, una de la excepción, en Jara se trata de “conversar con todos”, en Kast se establecer un “gobierno de emergencia”. Posiblemente en pocas elecciones la diferencia entre el régimen de la “palabra” y el de la “fuerza” puede verse de manera tan prístina.
Sin embargo, para entender la irrupción plebeya resulta imprescindible advertir lo que fue el gobierno de Boric. Un gobierno que llegó a hacerse cargo de la debacle de la transición, destituida por la revuelta, pero sin un proyecto histórico que ofreciera alguna desviación en la escena de la gubernamentalidad ejercida. Desde la vocación de ruptura con la generación precedente se pasó hacia el encuentro de su filiación. El discurso de Boric sobre la recién inaugurada estatua de Patricio Aylwin ofrece esa singular mutación en la que el gobierno, con Marcel en Hacienda, con Tohá en Interior, quedó subsumido en la vieja gubernamentalidad transicional que, sin embargo, permanecía siniestrada por la destitución experimentada por la revuelta de 2019. Así, el gobierno de Boric se resolvió en el progresismo neoliberal de los 30 años y todo su gobierno no fue otra cosa que intentar mostrarles a sus padres que, como hijos, ellos eran sus legítimos herederos. Finalmente, los padres reconocieron: han “madurado” –dijeron. En ese momento el pacto hizo efecto y el gobierno definitivamente terminó reproduciendo la gubernamentalidad del progresismo neoliberal.
En este registro, el gobierno cumplió un papel de Restauración portaliana, una vez que la revuelta de Octubre de 2019 –culminación de un proceso de sublevación chileno que se desplegó a lo largo de una década- había destituido tal paradigma, éste no volvía en “gloria y majestad” sino siniestrado por los embates de una calle rediviva. Justamente, su repetición no podía sino traer consigo el agotamiento de su proyecto exponiendo así el vacío de discurso: con Boric, el progresismo neoliberal quedó expuesto como una fuerza sin lengua propia. De hecho, tal progresismo jamás tuvo una lengua, toda vez que su nacimiento tuvo lugar gracias a la caída del socialismo soviético y a la mutación de los antiguos luchadores en los nuevos administradores del capital. Tal desplazamiento tuvo en Chile un momento político e intelectual decisivo: la renovación socialista cuyo proceso teórico sustituyó al “socialismo” por la “democracia” y anudó, de esta forma, el destino de esta última al del capital neoliberal. Si tal progresismo surgió de una derrota y su lengua fue siempre la del neoliberalismo, ello quedó en plena evidencia durante el gobierno de Boric en la medida que en él se jugaba un momento de agotamiento de la “renovación socialista” que el gobierno no hizo más que extender una vez que la revuelta de 2019 ya había decretado su muerte (“no eran 30 pesos sino 30 años”).
Quizás, esta fue la razón por la cual el gobierno tuvo tanta dificultad en imponer agenda, justamente, porque con Boric el progresismo neoliberal evidenció la falta de lengua propia. Nótese que no se trata del gobierno de Boric simplemente como de un proceso de 30 años que se cristaliza en su presidencia y por el cual se experimentó una articulación, despliegue y agotamiento del progresismo neoliberal en el que las izquierdas fueron privadas de lengua propia asumiendo la cultura de derechas propia del neoliberalismo.
El triunfo de Jara en primarias vuelve a poner de relieve la aporía en la que se encuentra el progresismo. Por un lado, Jara no puede repetir una gubernamentalidad muerta (aunque debe llevar sus cadáveres al arrastre) del progresismo neoliberal y su “pragmatismo” (Tohá), por otro, no puede irrumpir con una propuesta “ideal” que no tenga una raigambre en las condiciones reales de la situación chilena (Winter). Ni Tohá ni Winter significaba “Jara”, una singularidad que se afirma en sus contradicciones y que no cede a ser empalagosamente realista ni ingenuamente idealista. Jara opta por el punto medio, siguiendo las huellas de Bachelet que ella intensifica.
Por eso los partidos políticos –todos los partidos- tienen problemas con Jara: porque sus ordenamientos internos son trastornados por su progresismo plebeyo en la medida que Jara es, a la vez, lo que contiene a las fuerzas populares y lo que las despliega, lo que ordena y altera simultáneamente. Así, Jara afirma una singularidad que traza las condiciones para un progresismo plebeyo y no necesariamente cupular.
En este sentido, totalmente inserta en el neoliberalismo, constituyendo su propia subjetividad, Jara pone en juego una cierta “comedia” en la medida que no intenta “purificarse” como ocurre con la “tragedia” sino poblar tales contradicciones, asumir las zonas inestables y ofrecer un lugar común: su apuesta por la legitimidad de la existencia del otro y, por tanto, por el “conversar con todos” anuncia un pacto distinto en el que las cúpulas de los años noventa ya no pueden ser las únicas depositarias de la decisión y conducción del país.
Por esta razón, la irrupción de Jara no concierne a su “carisma” –como varios, de manera muy apresurada, han apuntado. Más bien, el “carisma” debe ser explicado en función del proceso que está experimentando el progresismo, esto es, la muerte del progresismo cupular-consensual de la etapa neoliberal y el eventual nacimiento de un progresismo plebeyo. Sin embargo, un progresismo plebeyo no significa que éste no pueda devenir una cultura de derechas si enfatiza la dimensión “meritocrática” y, por tanto, la mímesis con el mito neoliberal que precisamente habría que desarticular.
En este sentido, la fuerza de la campaña de Jara no debiera residir en el miedo antifascista que pueda convocar –la tradición de los Frente Populares es demasiado liberal e ingenua al contraponer “democracia” a “fascismo” sin hacerse cargo de las condiciones por las cuales el segundo arremete como hijo de la primera- sino en la afirmación de la potencia plebeya, porque es precisamente esa potencia la que puede desencadenar transformaciones significativas.
Toda la elección en Chile está atravesada por la potencia plebeya. Sea en su afirmación progresista con Jara o en su pliegue fascista con los candidatos de derechas. Todos se diferencian de las fuerzas políticas “transicionales” (deberíamos decir: “tradicionales”). Al revés, los candidatos de dichas coaliciones (Tohá, Matthei) han terminado hundidos. En este sentido, tal disputa solo puede desencadenarse si un eventual progresismo plebeyo, con su estrategia de “conversar con todos” y no solo con “algunos”, de construir una mayoría “social y política” y no reducir su apuesta a la parlamentarización de la política, puede efectivamente hacer retroceder a dicha oligarquía y ofrecer una política de transformaciones estructurales que modifique de raíz la matriz subsidiaria del Estado de Chile.
Esta columna fue originalmente publicada en La voz de los que sobran.