Un día, volviendo de un recado en el mercado siendo un chaval, mi padre, que era un señorito del Boulevard de San Sebastián , se quejó de que el pescado estaba caro y mi abuelo lo mandó a la merluza. Se fue al puerto, hizo algunas gestiones con los amigos y le anunció que al día siguiente tendría que estar de madrugada en el muelle y preguntar por tal patrón. Que como le gustaba el mar, la experiencia de un barco de pesca le iba a parecer muy interesante. Al patrón, le pidió: «Reviéntalo». Volvió a los días sin dormir, vomitado, mareado, herido y con el dedo mordido por una merluza. Nunca más en su vida volvió a decir que...
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