En la Ribera de Curtidores con Amazonas. Esta es la intersección que Julián Cañas, el último barquillero de Madrid , eligió para apostarse cada domingo de Rastro. Se le distingue, con su barquillera y parpusa, entre el incesante vaivén de los turistas. De vez en cuando, ante la mirada curiosa de los vacacionistas, hace sonar la ruleta que antiguamente determinaba la cantidad de barquillos que el comprador obtenía al azar. Se remonta, nada más comenzar la conversación, a 1890, cuando su bisabuelo –panadero– «hacía barquillos en sus ratos libres para que mi abuelo saliera a venderlos con sus hermanos». Cañas describe un Madrid castizo, donde en cada parque y salida de colegio «te encontrabas a dos o tres barquilleros». «Entonces...
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