En coche de caballos llegó Morante, envuelto en la bruma de un habano, con la redecilla ciñendo su cabello y un vestido sacado de un lienzo de Goya. Una pieza de museo de aire antiguo. Porque aquello fue un viaje a otro tiempo, sin trenes de Óscar Puente, puntual José Antonio en su pureza, valiente tanto para enfundarse aquella joya goyesca como para hacer el toreo. Cosido con manos de artesano: en blanco y negro. Se dejó el de Criado con su justa pujanza –tónica de una corrida de tres horas– y el Genio de La Puebla soñó el toreo del aplomo verdadero, el de sentir el aliento de Paisano en su pecho, el de no retroceder ni un milímetro....
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