Arranca este año cofradiero con la mirada puesta en Asia. Con la cantidad de celebraciones y expectativas que existen, la noticia de que una hermandad de Sevilla capital, la Pastora de Santa Marina, vaya a sacar una pieza con bordados de Pakistán ha encendido las alarmas. Todo el mundo tiene claro que sin una defensa radical de los talleres que se dedican a estas artesanías, los obradores de bordado, de orfebrería, de talla y quién sabe si de imaginería tendrían los días contados, porque si una actividad no es rentable, está condenada a desaparecer. En esta colonización asiática hay dos factores que merece la pena resaltar. El primero es el modus operandi. Ninguna de las hermandades que estrena algo de Pakistán asume que es la compradora. Todos son regalos de hermanos, cosa que tiene truco. Comprad esto, tomad el dinero y decimos que sois vosotros . Segunda circunstancia: el incremento de piezas que llegan a las hermandades de Andalucía se debe también a la existencia de unos correos, de gente de aquí que hace de agente comercial y de enlaces entre el comprador y la factoría productora. Dicen que pueden convivir las dos realidades. Aquí no. Convendría recordar que la Semana Santa de Sevilla es lo que es porque siempre buscó la excelencia. Si bajamos el listón y el nivel, todo empezaría a cambiar. Somos jamón de doce jotas. ¿Queremos ser mortadela?