Mientras una mujer paga en monedas su periódico, que cuidadosa y metódicamente coloca doblado bajo la axila, un niño desespera por abrir los sobres de la liga y que en alguno de ellos le salga el jugador que complete su colección. Junto a ellos, un señor, brazos en jarra, lee de tapadillo los titulares de una revista. «Del kiosco siempre se va uno feliz», explica un cliente a pie de calle sobre la capacidad de atracción que siempre tuvieron unos establecimientos que forman parte de la arquitectura urbana de las ciudades españolas y que llevan más de una década en continuas maniobras de supervivencia.