Allá por 1776, cincuenta y seis hombres de pelo empolvado, levita negra y verbo bíblico firmaron la Declaración de Independencia de los Estados Unidos . Así nació el Novus Ordo Seclorum -el 'Nuevo Orden de las Eras'-, lema inscrito en el reverso del billete de un dólar, símbolo de una misión: civilizar el mundo bajo sus principios de libertad, progreso y fe. Este dinero de papel vendría a reemplazar al Real de a Ocho español, moneda tangible de plata y a su divisa Plus Ultra -'más allá'-, cargada de ideales utópicos de expansión y mestizaje. Los firmantes eran herederos de los ciento dos peregrinos calvinistas que, un siglo antes, habían llegado en el Mayflower portadores de una ética religiosa que asociaba trabajo y riqueza con la gracia divina y justificaba la colonización de América como una obra redentora. Revisión teológica que inspirará el colonialismo capitalista. Desde el Atlántico hasta el Pacífico, purificarán nativos, búfalos, lenguas, costumbres, ríos grandes y desiertos polvorientos, predicando con su bandera y su Colt. Comienza así el nuevo orden, en el que la cultura endogámica de los colonos blancos, anglosajones y puritanos reemplazará al pensamiento mestizo católico-romano de herencia grecolatina. Mientras el descubrimiento hispano de América promovía la igualdad y el cruce de culturas —como lo expresaban las Leyes de Indias desde 1500—, en el colonialismo estadounidense la esclavitud no se abolirá hasta 1863 y el matrimonio interracial no se legalizará hasta 1967, y en Alabama no será plenamente reconocido hasta el año 2000. Y cuando se quedaron sin tierra que pisar, cruzaron océanos hacia otros continentes. En dos siglos y medio, Estados Unidos ha intervenido en más de 70 países y librado 114 guerras , todas bajo la promesa de llevar libertad y salvar a la humanidad… también por un puñado de dólares en una fiebre del oro salvaje, clónica y perpetua. Una fe capitalista cuyo principio fundamental es el crecimiento infinito , en un mundo que sabemos finito. Un sistema que permite más papel moneda en circulación que bienes realmente existentes —quizás porque la gracia divina que santifica su fe también se supone infinita—. De ahí la sustitución de la pesada plata tangible por el volátil dólar, hoy reducido a una anotación bancaria electrónica: un número en una nube virtual al que añadir ceros que ya no se sabe si es o está. Abono de crisis periódicas donde la carroña alimenta a buitres que saben que van al cieno de números y leyes, a los juegos sin arte, a sudores sin fruto ; que recitara Lorca en Nueva York. Este modelo de ocupación, no solo territorial y económico, impondrá también su lengua , su estructura de pensamiento. Lo primero que se aprende al estudiar inglés es el verbo to be -ser o estar-. Si el lenguaje hace visible el pensamiento, aquello para lo que no tenemos palabra difícilmente puede ser pensado. Para el anglosajón, lo existencial (ser) y lo material (estar) se funden. Ser o no ser, estar o no estar, ser o no estar, estar o no ser … todas esas dudas y sus matices se reducen en inglés al camaleónico to be or not to be shakespeariano. Lo segundo que se aprende son los números: one, two, three …. Y lo tercero, el verbo to have —tener—. Una estructura básica de colonialismo intelectual: anulación existencial, contabilidad y posesión. Primero fue la tierra, luego la lengua, después la forma de pensar. De ahí el hamburguesamiento y los tónicos carbonatados de zarzaparrilla de nuevas costumbres y ritos, que traerán el cambio de normas y convenciones. Y así llegó el malo Trump-oso, con el ADN del gringo colono: quien tiene más poder y más armas, impone las reglas. Sheriff sin escrúpulos, de andar arqueado, mano empuñada, sombrero —gorra roja— y Colt 45 —bombardero F-47—, tupé lacio, tez encerada, mirada tensa, sonrisa angulada, boca de carpa y gatillo fácil. Con poder disfrazado de bondad, es el forajido malo y feo que manda sobre la escupidera del orden mundial su supremacía de fuerza económica y militar. Ese esquematismo mental, producto del pensamiento de ocupación y dominio, enredado en la confusión del to be or not to be calvinista, permite que las palabras se mezclen con los pensamientos y que hoy la mentira se disfrace de verdad. Una maraña que poco a poco suplanta la identidad -nuestro tesoro del Real de a Ocho, nuestro ser y nuestro estar- con el ú nico objetivo de que nuestra cultura se desvanezca en la desmemoria de borrachera de tragos de bourbon de falso progreso y libertad . En plena era del conocimiento artificial, donde las certezas parecen absolutas y los datos infinitos, paradójicamente, la mentira es la herramienta más tolerada entre quienes deberían garantizar el orden jurídico y ético. Sistema que ha evangelizado a los súbditos europeos, que bailan en círculo al ritmo de los disparos de un spaghetti western , replicando el Nuevo Orden de las Eras en sus políticas, Estados, gobiernos y administraciones. Instituciones contaminadas por la lógica del «si alcanzo el poder, haré lo que quiero», derivan en: opacas, arbitrarias, ineficientes, irresponsables, impunes, … Así el talento es acallado por la ley del revólver , crece la desconfianza y se erosiona la sociedad. Es la Ley del Oeste: una ley sin ley. Basada en el miedo, la ignorancia y la injusticia . De ella solo cabe esperar, solos ante el peligro, con el wínchester de la paciencia estoica, que el tiempo ofrezca una dulce salida a la vileza. Sin perdón.