Si la Virgen de los Dolores deja el Cerro, el barrio se queda vacío, porque todos los vecinos la acompañan allá donde vaya. Eso es lo que ocurrió en la mañana del primer domingo de septiembre, durante el rosario de la aurora celebrado hasta la parroquia del Buen Pastor y San Juan de la Cruz, con motivo de la conmemoración del 25 aniversario del templo. De principio a fin , desde las siete de la mañana, cuando aún no había amanecido, hasta su entrada triunfal en la parroquia a las dos de la tarde. El Cerro y la Virgen de los Dolores son un ejemplo de evangelización: el estandarte de un barrio, una catequesis viva para ir, comprobarlo y aprender de tantas personas que ven en esta dolorosa a María, a quien rezan, piden, dan gracias, acompañan o visitan en cualquier momento del año. El barrio salió en peregrinación hasta Padre Pío con su Virgen de los Dolores. Conforme pasaban los minutos, el sol parecía desear salir para iluminar el camino, y así ocurrió justo cuando la Dolorosa cruzaba el puente de la SE-30, acompañada por una gran muchedumbre. El coro de campanilleros no cesaba de interpretar sus cantos, no faltaban los mandos de Pope y Guillén, mientras los devotos seguían a la imagen detrás, delante o a su lado —cualquier lugar era bueno con tal de arroparla. La feligresía estaba engalanada para dar la bienvenida a la Virgen. A las nueve y media de la mañana, la Virgen de los Dolores entraba por primera vez en la parroquia del Buen Pastor y San Juan de la Cruz . En el altar mayor la esperaba la Virgen de la Divina Gracia, y ambas permanecieron juntas durante toda la eucaristía. Los mayores llegaron con tiempo para asegurarse un sitio; la iglesia, de grandes dimensiones, estaba completamente llena, hasta el punto de que muchas personas tuvieron que seguir la misa desde la calle. Otros buscaban reponerse, desayunar y coger fuerzas para el regreso, cuestión complicada aunque lo mayoría lo lograron. Al término del culto, ambas hermandades intercambiaron regalos y quisieron inmortalizar el momento, dos corporaciones unidas para siempre. Mientras tanto, el cortejo comenzaba a prepararse para el regreso. Los costaleros de Padre Pío tomaron el paso de la Virgen de los Dolores para llevarla hasta la puerta del templo, donde, a su salida, todos querían capturar la escena. E l recogimiento vivido dentro se transformó en fervor popular : el barrio del Cerro se volcó con su imagen entre petaladas, aplausos y los sones de la banda de las Nieves de Olivares. De nuevo, tras el parón del verano, la música cofrade volvía a sonar en Sevilla. Así, de esta manera —como el Cerro sabe hacerlo— regresó la Virgen de los Dolores, acompañada por sus hermanos, devotos y vecinos del barrio en peregrinación. Volvía entre música, petaladas y alegría, con cada persona mostrando su fe a su manera: como aquel señor humilde que, a la salida del templo, le susurraba súplicas a la Virgen mientras a su alrededor brotaban lágrimas, o como ese padre que disfrutaba del camino junto a su hijo vestido de monaguillo, sin soltarle la mano ni la cámara de fotos. Claros ejemplos del saber hacer de una hermandad fundada para cumplir su principal misión: dar culto y fomentar la devoción a Cristo y a María. Y el Cerro lo consigue, con creces.