¿Por qué discutir sobre el privilegio en el Perú?, por Luciana Reátegui y Álvaro Grompone
* Investigadores del Instituto de Estudios Peruanos
Hablar de privilegio evidencia la toma de conciencia de que ciertos beneficios no son el resultado del mérito, sino de ventajas heredadas, arbitrarias y, sobre todo, exclusivas para unos pocos. De hecho, privilegio nos remite a dos cosas en simultáneo: primero, el acceso a ventajas que están cerradas para el resto y, segundo, que tal acceso responde a características ajenas a lo que uno haya hecho para obtenerlas. En el Perú, como en muchas otras partes del mundo, el privilegio no depende tanto del mérito individual como de circunstancias fortuitas: haber nacido en determinada familia, en un distrito específico o, como dice el refrán, en “cuna de oro”.
De distintas maneras, existen mecanismos que hacen que aquellos que nacen, crecen y se desarrollan bajo condiciones ventajosas tengan probabilidades mucho más altas que el resto del país de ocupar posiciones de prestigio a lo largo de su vida. Desde las élites empresariales que se reproducen generación tras generación, hasta las oportunidades profesionales que terminan ocupando aquellos que “ya estaban adentro” de estos círculos. Siempre habrá casos excepcionales y ejemplares de movilidad social, así como casos de individuos que, pese a las ventajas iniciales, terminan sufriendo reveses.
Sin embargo, poner el foco sobre el privilegio nos recuerda que, en el agregado, muchas ventajas estructurales y heredadas explican el éxito de unos pocos. No son fruto de un esfuerzo excepcional, sino de un sistema que favorece a ciertos grupos desde el inicio. Y, del otro lado, lejos de que el pobre sea pobre porque quiere, habitamos una sociedad que impone serios obstáculos para que quienes nacen fuera de círculos privilegiados accedan a estos espacios exclusivos y, con ello, es una sociedad que reproduce desigualdades.
Si bien al referirnos al privilegio se nos viene a la mente el apellido o el capital económico –es decir, la plata–, existen varios factores que operan en simultáneo para que solo algunos tengan la certeza de que tendrán siempre abiertas las puertas para pertenecer a un círculo selecto. Como hemos desarrollado en el libro El privilegio en el Perú. Cómo construyen desigualdades quienes se benefician de ellas (Instituto de Estudios Peruanos, 2025), el privilegio se cultiva desde la infancia, en colegios de élite, clubes privados y espacios de socialización donde se refuerza la idea de que hay un “nosotros” destinado a sobresalir. Se presenta ante el mundo a través de la posesión de artículos de lujo, como los famosos Rolex de Dina Boluarte, y por medio de discursos y actividades que evocan una cercanía con el extranjero, ya sea mediante el uso del inglés o la adopción de patrones de consumo importados.
Los ocho capítulos que componen el libro mencionado nos hablan de desigualdades a partir de cuestiones muy notorias, pero también de procesos cotidianos, sutiles y aparentemente inocentes que explican cómo una minoría posee un camino hacia posiciones de élite bastante menos desafiante que el resto. Planteamos, entonces, la importancia de prestar atención a qué tan fácil o no es para distintos grupos desenvolverse con comodidad en universidades de élite, en espacios profesionales destacados, en clubes exclusivos, al mismo tiempo que observamos el uso de prendas de vestir, la familiaridad con bienes importados o el acceso a salud mental. Al hacerlo, seguramente a la mayoría nos resultará familiar reconocer las varias formas en las que el privilegio se produce, se performa y se protege.
El privilegio reservado para una minoría nos lleva a discutir desigualdades y, aún más, jerarquías sociales. En una sociedad tan fragmentada como la nuestra, las interacciones del día a día son una oportunidad para que cada uno se posicione como más cercano a aspectos asociados a lo socialmente legitimado, al mismo tiempo que se marcan distancias con aquello y aquellos a quienes se considera por debajo de su condición. Se trata de dos procesos que se manifiestan a la vez. Por una parte, el anhelo por ser más parecidos culturalmente a Europa y Estados Unidos es probablemente una de las características más resaltantes de los sectores privilegiados en el Perú. Viajes, modos de expresarse o formas de ser que deben demostrar su cercanía con estos contextos.
Si bien el contenido para demostrar esta familiaridad cambia constantemente, la lógica es similar desde hace décadas. Por otro lado, la esencia del privilegio radica en que solo puede existir si hay un “otro” en posición inferior: la trabajadora del hogar, el migrante, el alumno de la escuela pública, la familia que vive en la periferia de la ciudad. Uno es privilegiado porque alguien más es considerado carente de educación, de cultura o de modernidad; o productor de un objeto que necesita ser resignificado para ser considerado valioso.
En ese sentido, y en última instancia, el privilegio no es solo un conjunto de comodidades materiales. Es un sistema de exclusiones que se ha instalado en nuestro país, un sistema que en teoría promete igualdad de derechos, pero que en la práctica se sostiene sobre desigualdades que hemos llegado a considerar naturales. La verdadera pregunta, entonces, no es por qué nos molesta el privilegio, sino por qué hemos normalizado su existencia.
Mientras sigamos aceptando que es inevitable que haya escuelas para ricos y escuelas para pobres, clínicas de lujo y hospitales colapsados, barrios cerrados y barrios sin saneamiento, seguiremos atrapados en una democracia de fachada, donde la promesa de la igualdad se posterga indefinidamente.