Seguía por la mañana en Albacete el runrún por el indulto de Paco Ureña al Diablillo de Daniel Ruiz y por la tarde llegaron los ecos del perdón de la vida a uno de Garcigrande por Emilio de Justo en Salamanca. A esas horas Madrid recordaba su realidad sin notas triunfales: lo más cerca que se estuvo de que un toro regresase a chiqueros fue cuando Miguel Andrades se quedó a una milésima del tercer aviso. Un mundo le costó dar matarile al Avispa –vaya nombrecito– con el que tenía que ratificar su condición de matador. No había forma de que descolgara, con los pitones por encima de la cabeza del confirmante. Y eso que Avispa fue pura bondad, sin...
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