Bien temprano cruza el puente que separa el arrabal de la ciudad, la frontera que lo aleja de su casa y lo acerca a su sala de operaciones. Podría decirse que es uno de esos personajes mitológicos que pone las calles de Sevilla, que las estrena rumiando un silencio en el que grita la belleza oscura de esas horas limpias y tranquilas en las que los adoquines son las alfombras de una casa sin más dueño que un amanecer que da pataditas en la barriga de la noche, deseando derramar su conjuro de rocío. En el Pica Antonio trastea y dispone un callejón que desde la calle Sierpes, aún remolona, se asemeja al zumbido luminoso de una luciérnaga, un faro...
Ver Más