Alain Bosquet escribía en la revista 'Combat' en junio de 1964, absolutamente desolado o agitado por una irritación imposible de reprimir, que «hay días oscuros en la historia de la conciencia humana». El apocalipsis que describía no era otra cosa que el premio, en la Bienal de Venecia (conseguido gracias a un chanchullo completo en el que el galerista Leo Castelli se movió con astucia entre bambalinas y sobre góndolas), al artista Robert Rauschenberg, «una conspiración meticulosamente orquestada para desacreditar lo más puro y más sagrado de Europa», algo que adquiría ante los ojos estupefactos del crítico francés el nivel de «afrenta a la dignidad de la creación artística». Los mandarines de la alta cultura anunciaban el fin de «su...
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