Que el muy bienpensante Ministerio de Cultura hubiera reconocido a la muy corruptora e impugnadora del hiperrealismo moral contemporáneo con el premio Nacional de Teatro es, al mismo tiempo, una contradicción y una buena noticia. Por dos razones. Nada ha enervado más a Angélica Lidell, la galardonada en cuestión, que la deriva buenista y correctamente política que ha tomado la cultura occidental en los últimos años, un inesperado giro que acabó transformado las artes en un sermón laico sobre los males del mundo contemporáneo; y ninguna institución cultural ha hecho propias esas causas, en especial la descolonización de los museos y la denuncia de los vicios occidentales y su inoculación en las otras culturas, como el Ministerio de Cultura de...
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