En las pachangas de mi barrio, los niños fijamos una norma para terminar los partidos en cuanto la madre del dueño de la pelota llamaba a su hijo por el balcón para que subiese a comer: el que marque gana. Daba igual que los buenos nos estuviesen metiendo diez a cero a los malos. Si en ese momento marcábamos nosotros, ganábamos. Aquella regla era pura justicia social porque permitía competir a los tuercebotas. Bastaba con hacer correr a los virtuosos y guardar fuerzas para el último minuto. Lo que no imaginaba yo es que la ley del fútbol callejero llegase alguna vez al Congreso de los Diputados y tomase el espíritu contrario al de las contiendas de mi plazoleta. Pero...
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