La deuda pública más aburrida
Sebastián Haffner (1902-1999), autor de una breve, pero muy interesante biografía de Churchill (1874-1965), afirma que lo último que se le escuchó decir al premier británico antes de fallecer fue: «¡Es todo tan aburrido!» Pedro Sánchez, en lunes, en su balance triunfalista y de autobombo del año, simuló bostezos cuando salían a relucir algunos asuntos de corrupción entre antiguos y menos antiguos colaboradores, ministros y secretarios de organización del PSOE incluidos. Casi al mismo tiempo, el Banco de España, que gobierna el polémico José Luis Escrivá, publicaba –como estaba previsto en un calendario fijado hace meses– los últimos datos de la deuda pública española, correspondientes al final del tercer trimestre del año. Una vez más –y se ha perdido la cuenta de cuantas van–, la deuda volvió a subir con una monotonía tan puntual como quizá aburrida. En octubre, la deuda pública española, según el Protocolo de Déficit Excesivo (PDE) de la Unión Europea, alcanzó la estratosférica cifra de 1,709 billones de euros. Un nuevo récord, que se bate casi todos los meses y que, sin duda, volverá a superarse en los próximos meses. La deuda total bruta supera los dos billones, pero esa es otra contabilidad.
El Gobierno, decidido a ver el mundo a su manera, celebra que, en términos porcentuales sobre el PIB, la deuda ha pasado, en un año, del 104,2 al 103,2% del PIB. Sin embargo, en términos absolutos, esos 1,709 billones son un 4,5% más que los 1,636 de octubre de 2024. Todo es una trampa contable-estadística que también se repite con monotonía y aburrimiento. Todo también queda enmascarado por el momento positivo de la economía española, algo que, sin embargo, está cogido con alfileres. España, en 2026, tendrá que pedir en los mercados la friolera de 300.000 millones de euros, imprescindibles para pagar la deuda que vence, que se renovará, y para sufragar, por ejemplo, las pensiones. Diga lo que diga el Gobierno, el erario público tiene que poner unos 50.000 millones para cubrir el déficit real –no maquillado– de la Seguridad Social y que para conseguirlos debe endeudarse. Es la historia interminable y, en el fondo, «¡es todo tan aburrido!», como habría dicho Churchill antes de morir, según Sebastian Haffner.