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En el siglo XXI el tiempo sigue siendo romano

Como en tantos otros aspectos de nuestra vida diaria, estamos tan influidos por los restos de culturas pasadas que apenas nos damos cuenta de ello. Tan solo en fechas señaladas como las que se aproximan nos llegamos a preguntar alguna vez, ¿por qué el año acaba en diciembre y empieza en enero? La realidad es que el simple pasar de los años, los meses, las semanas, los días y hasta las horas, nos conecta con un pasado tan remoto que ni siquiera podemos estar seguros de su verdadero origen. Tampoco lo estaban [[LINK:TAG|||tag|||674344ec06c39326a0e1c1a4|||los romanos]], pues su propia memoria se había perdido hacía siglos en la bruma de ese mismo tiempo que habían intentado dominar.

El calendario romano más antiguo, cuyo origen asignaban los propios romanos al rey Rómulo, fundador de la eterna Roma, era de todo menos perfecto. De hecho, tuvieron que pasar casi ocho siglos de ensayo y error hasta que dieron con la fórmula adecuada. No podemos saber cuánto de ese oscuro origen es real y cuánto una invención de los eruditos romanos que, muchos siglos después de ese mítico 753 a. C., trataron de reconstruir su propia historia, algo que hacían muy a menudo. En cualquier caso, la Roma arcaica vivía cada vuelta al sol con un calendario de solo diez meses y 304 días. El año comenzaba el 1 de marzo. Era el día del nacimiento del dios Marte, padre protector de todos los romanos. Y terminaba el 29 de diciembre porque, sí, los meses tenían o bien 29 o bien 31 días –así no hay quien se coma las uvas tranquilo–. Los números impares agradan a los dioses celestiales, dirían ellos. A nosotros nos puede parecer simple superstición, pero para ellos era religiosidad, un sentimiento de deber para con las divinidades y los mortales; la pietas que gobernaba sobre todas las demás virtudes.

Pero aquel año, por muy religioso que fuera, era imperfecto. No coincidía con el ciclo de las estaciones y eso, para una sociedad de origen agrícola, era desastroso. En cualquier caso, lo cierto es que la mayoría de romanos, aquellos que trabajaban el campo, poco tenían que decir sobre aquel calendario urbanita que les imponían los pontífices, los sacerdotes encargados de gestionar todos los ritos religiosos. Para ellos, era el ciclo natural el que marcaba el paso del tiempo.

La primera posición

Con el paso del tiempo, de la sabiduría del rey Numa Pompilio según la tradición, surgió la idea de añadir dos nuevos meses al año para que la vida de la ciudad y la del campo llevasen el mismo compás. El cambio era importante, duro incluso, pues relegó al poderoso Marte a la segunda posición. Delante de él tenía que soportar a Jano, el de las dos cabezas, dios de los inicios y los finales que cerraba la puerta del año viejo y abría la del nuevo. Así nació el mes de Ianuarius, nuestro enero, que desde que fue añadido al calendario ocupó siempre la primera posición, dando inicio al año, y para cerrarlo, los romanos añadieron Februarius, que estaba dedicado a los difuntos y a los antepasados. Solo por eso el mes de febrero, manchado por la muerte –opuesta a los dioses–, debía tener un número par de días: 28, como sigue siendo hasta el día de hoy. En aquella posición pasó varios siglos hasta que, con el mismo número de días que nadie se atrevió a cambiar, pasó hacia los siglos V-IV a. C. a la segunda posición.

Pero ni aún así se solventó el problema. El nuevo año, de 355 días, era casi perfecto, pero esos diez días que le faltaban hacían que cada dos años fuera necesario añadir un nuevo mes de 27 días –siempre impar–: el mes Interkalaris. Sin embargo, la corrupción, que en la antigua Roma afectaba hasta al paso de los años, hizo que esa intercalación se usara con motivos poco o nada limpios. Si había a quien le interesaba que un año fuera un poco más largo de la cuenta, se añadía el decimotercer mes aunque no fuera necesario, y viceversa. Por ello, en el siglo I a. C. el calendario estaba tan roto que el ciclo de las estaciones iba con tres meses de adelanto. Nevaba en septiembre y los nacidos en ese mes –como el emperador Augusto– tenían a capricornio como símbolo protector.

Menos mal que un matemático, medio astrónomo medio mago, llamado Sosígenes de Alejandría, puso remedio a todo aquello por orden de Cayo Julio César. Tras un horrible año 46 a. C. que tiene el récord de ser el más largo de la historia con 445 días, dio comienzo el calendario juliano. Y con él el día bisiesto que cada cuatro años tenemos en febrero y las duraciones de los meses a las que estamos acostumbrados. Por una vez, la ciencia superó a la religiosidad y la mitad de los meses pasaron a tener un número de días par sin que supusiera un problema.

Tal había sido el honor que había traído el calendario de César que tras su asesinato Marco Antonio, su mano derecha en vida, promulgó una ley por la que el antiguo mes de Quintilis, el quinto en el arcaico calendario de Rómulo, pasara a llamarse simplemente julio.

Lo mismo hicieron con agosto, en honor de Augusto, aunque con este en vida. Y debe saber que se pretendía seguir esa misma línea llamando a septiembre Tiberius, o a octubre Livius. En tiempos de emperadores como Domiciano el Senado llegó a cambiar estos dos meses por Germanicus y Domitianus, aunque finalmente mantuvieron sus aburridos nombres tradicionales que hacen referencia a su posición en el primitivo calendario de diez meses.

Los romanos eran muy simples para algunas cosas y muy complejos para otras. No hay más que pensar en cómo nombraban los días de cada mes. Nada parecido a nuestra sucesión de números del 1 al 30 o al 31. Ellos contaban los días que faltaban para llegar a tres –en origen cuatro– fechas cruciales dentro del mes que representaban las fases lunares. Kalendas, nonas e idus. A todos nos suena la fecha del 15 de marzo, las idus martias, en las que fue asesinado Julio César. No hay espacio suficiente en un artículo para explicar la complejidad del sistema. Y aunque, como se suele decir, el hábito hace al maestro, hemos alcanzado una solución para conseguir que sea sencillo saber en qué día romano nos encontramos.

Se trata de una El origen de la Navidad

Si busca en los Evangelios la fecha del nacimiento de Jesús de Nazaret, no la encontrará. Entonces, ¿por qué celebramos la Navidad el 25 de diciembre? A menudo se cree que el cristianismo suplantó una fiesta romana tradicionalista anterior, pero la realidad es bastante más interesante. El calendario de Filócalo –primera mitad del siglo IV– marca el 25 de diciembre como el Natalis Invicti, la fiesta del dios Sol, instaurada a lo largo del siglo III, más o menos el mismo momento en el que eruditos cristianos ya habían establecido la fecha de la celebración de la Pascua cristiana a través de cómputos simbólico-astronómicos. Fijaron la concepción de Jesús el 25 de marzo, equinoccio de primavera, y, al sumar nueve meses, dedujeron que su nacimiento había sido el 25 de diciembre. Sin embargo, solo en el año 336 se atestigua la primera celebración de la misa de Navidad el 25 de diciembre. Cristianos y tradicionalistas convergieron en torno a la misma fecha por su simbolismo cósmico. San Agustín subrayaba que, desde el nacimiento del Señor, «crecen los días y menguan las noches». Esa teología de la luz permitía hablar de Cristo como Sol de Justicia, usando la terminología tradicionalista, pero sin «rendir» honores al Sol Invictus «pagano». El 25 de diciembre quedó como cruce de cómputo litúrgico, calendario urbano y pedagogía simbólica. Al celebrar la Navidad sigues pisando un terreno que fue trazado, ya fuera por unos o por otros, en Roma.

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  • "Agenda Antigua Roma al Día", Néstor F. Marqués. Desperta Ferro Ediciones. 432 pp. 26,95€
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