El Libro Blanco chino y el corolario Trump: dos doctrinas, un continente en juego
El pasado 10 de diciembre, apenas una semana después de que Estados Unidos presentara su nueva Estrategia de Seguridad Nacional, conocida como el “corolario Trump”, China hizo pública una señal política de gran calado hacia América Latina: la publicación de su nuevo “Libro Blanco” para la región.
No se trata de un documento técnico ni de una simple declaración de buenas intenciones, sino de un texto estratégico que define cómo Pekín piensa, planifica y proyecta su relación con América Latina y el Caribe, en un contexto internacional marcado por las transformaciones y la rivalidad entre potencias, que ahora toca suelo latinoamericano y con la mira puesta en Venezuela.
Aunque el tono del documento es diplomático, el mensaje es claro: la superpotencia asiática reafirma su compromiso de seguir profundizando su relación con la región en diversos ámbitos, como comercio, ciencia y tecnología, intercambios culturales, seguridad, inteligencia artificial, etc. El propio texto señala que el objetivo de este “Libro Blanco” es resumir las experiencias acumuladas y proyectarlas hacia el futuro, llevando la cooperación entre China y América Latina a un nuevo nivel.
El libro blanco chino sobre la relación con américa latina y el caribe. Vía X@EmbZhangRun.
El documento está estructurado en tres grandes secciones que no son casuales. Primero, presenta a América Latina y el Caribe como una tierra llena de vitalidad y esperanza; luego, describe el pujante desarrollo de las relaciones entre el gigante asiático y la región; por último, plantea la necesidad de impulsar cinco grandes programas conjuntos para construir lo que denomina una “comunidad de futuro compartido” entre China y América Latina: “Solidaridad, desarrollo, cvilización, paz y conectividad entre los pueblos”.
Este es el tercer Libro Blanco de China hacia América Latina, después de los publicados en 2008 y 2016. Sin embargo, el de 2025 marca un salto cualitativo. Este nuevo texto inserta a América Latina en el proyecto global y civilizatorio que Xi Jiping a delineado para su país.
El crecimiento de la relación China-América Latina explica esta ambición. A comienzos de siglo, el comercio bilateral rondaba apenas los 12 mil millones de dólares. En 2023 superó los 480 mil millones. China es hoy el segundo socio comercial de la región y el primero para países clave como Brasil, Argentina, Perú, Uruguay y por supuesto Chile. Para varias economías latinoamericanas, el vínculo con Pekín ya no es complementario, sino estructural, influyendo en exportaciones, inversión, financiamiento y en sectores estratégicos como la energía, la minería, la agricultura y las telecomunicaciones.
El Presidente Gabriel Boric junto al presidente de la República popular China, Xi Jinping.
Amplía de manera notable la agenda sectorial, incorporando áreas que hasta hace pocos años eran marginales o inexistentes, como en cuestiones de inteligencia artificial, energía nuclear y limpias, infraestructura digital, cooperación antártica, agricultura de precisión, biotecnología avanzada y exploración espacial. América Latina pasa a ser integrada en las cadenas industriales y tecnológicas estratégicas de China, y no solo como proveedor de materias primas.
Pekín se presenta como un actor del Sur Global que promueve reformas en la gobernanza internacional, en instituciones como el FMI, el Banco Mundial, el G20 y los BRICS, ofreciendo a la región una narrativa de cooperación sin condicionamientos políticos ideológicos explícitos.
Este enfoque contrasta de manera frontal con la visión presentada casi en paralelo por Estados Unidos. La Estrategia de Seguridad Nacional de 2025 llamada también “corolario Trump” a la Doctrina Monroe, afirma la preeminencia hemisférica de Washington, entiende a la región y sus recursos como propios. En ese sentido, presenta su oposición a lo que denomina incursiones extranjeras hostiles en el continente. China es identificada sin ambigüedades como un adversario estructural, y el hemisferio occidental pasa a ser la máxima prioridad estratégica de Estados Unidos.
El documento estadounidense plantea tres grandes amenazas que justifican incluso una respuesta militar, la migración, el narcotráfico y China. Introduce la lógica de negar a potencias externas el control de infraestructura estratégica, califica a los cárteles como organizaciones narcoterroristas y promete despliegues selectivos y uso de fuerza letal. Además, establece que los países que busquen cooperación estadounidense deberán demostrar que están dispuestos a reducir la influencia exterior adversa, lo que en la práctica implica cortar o limitar vínculos con Pekín.
Un tablero de ajedrez simboliza la competencia geopolítica entre China y Estados Unidos, representados por sus banderas de fondo. Foto creada por inteligencia artificial.
Así, mientras China habla de una comunidad de futuro compartido y de cooperación Sur-Sur, Estados Unidos recupera una lógica de patio trasero, transaccional y selectiva, premiando a gobiernos alineados ideológicamente y presionando a quienes mantengan relaciones estrechas con actores considerados hostiles. En materia de infraestructura y economía, Washington busca revertir inversiones chinas mediante aranceles, presión diplomática y condicionamientos comerciales, mientras Pekín apuesta por la Ruta de la Seda Digital, la inteligencia artificial, el litio, la energía verde y las telecomunicaciones.
En seguridad, el contraste también es nítido. El corolario Trump revive la idea de intervención preventiva si un país abre la puerta a potencias rivales o no controla amenazas que afecten a Estados Unidos. China, en cambio, propone una noción de seguridad indivisible, cooperación militar limitada, ciberseguridad y lucha contra el crimen organizado bajo los principios de soberanía y no injerencia.
Para América Latina, estos dos documentos no son solo declaraciones retóricas, sino señales de un dilema estratégico creciente. La región es empujada hacia una alineación selectiva, diferenciada por subregiones. México y el Caribe quedan bajo la órbita directa del enfoque de seguridad estadounidense, mientras América del Sur se convierte en el principal escenario de disputa por recursos naturales, infraestructura crítica y posicionamiento político.
El desafío para los gobiernos latinoamericanos será navegar entre estas dos visiones antagónicas, aprovechando oportunidades sin quedar atrapados en una lógica de confrontación que limite su autonomía estratégica. El nuevo Libro Blanco chino y el corolario Trump no solo describen el mundo que viene, sino que obligan a la región a definirse en un escenario donde la neutralidad se vuelve cada vez más difícil y el margen de maniobra, cada vez más estrecho.