Crítica de "El extranjero": cegado por el sol ★★★
¿Es la apatía de Meursault un estado de ánimo contemporáneo, que sirve para definir el auge global de la extrema derecha y entender la indolencia general frente a una civilización que se descompone lentamente? Camus diría que son tiempos apocalípticos, pero ¿cuáles no lo son? Publicó “El extranjero” en plena Segunda Guerra Mundial, en 1942, cuando los gritos del Holocausto resonaban en toda Europa.
Ahora los conflictos son otros, pero Meursault sigue cegado por el sol, dejándose llevar por el viento como una veleta oxidada, dispuesto a decir la verdad sobre lo que siente (o, sobre todo, lo que no siente) a todo aquel que quiera escucharle. Ozon acerca el oído, porque siempre le ha interesado la ambigüedad del mal. Y admira la letra de Camus, y no tiene miedo de hacer una película literaria. Pretende demostrar que el discurso filosófico de la novela sigue vigente, explica sin filtros nuestra insondable complejidad moral.
Había algo aplastado, arrugado, en el Mastroianni de la versión de Visconti. No así en Benjamin Voisin, actor que Ozon descubrió en “Verano del 82” y que aquí sigue teniendo un aura seductora, sexualizada, sobre todo cuando tenemos que entenderle como amante y, tal vez, futuro esposo. Ozon no puede evitar sentirse atraído por su atractivo, lo filma como si fuera un nuevo Alain Delon, y permite que la puesta en escena de la película, de un blanco y negro brillante, diamantino, se empape de esa belleza. No estamos seguros de que eso beneficie a un filme que tal vez debería ser más neutro, más distante, más arisco en sus formas. Ahora da la impresión de que responde a una subjetividad, la de Meursault, que acicala el mundo mucho más de lo que su alma anestesiada sería capaz de imaginar.
Lo mejor:
A Ozon le resulta relativamente sencillo demostrar la urgencia moral de volver a adaptar el clásico de Camus.
Lo peor:
Su puesta en escena es en exceso bella y estética, le falta la indolencia de su protagonista.