En una Córdoba cada vez más volcada en conceptos gastronómicos modernos, cartas largas y cocinas de autor, la Taberna La Fuenseca sigue siendo un refugio para quienes buscan autenticidad. Situado junto a la plaza que le da nombre, lejos de rutas turísticas prefabricadas, este clásico cordobés mantiene intacta una forma de entender la hostelería basada en el producto, la cercanía y la cocina de barra, sin más pretensiones que dar bien de comer y crear un espacio donde la ciudad aún se reconoce a sí misma. La Fuenseca es, ante todo, una taberna de tapas, de esas donde la carta no necesita muchas florituras para conquistar a su público. Aquí el protagonismo lo tienen los tapas tradicionales, pensados para acompañar una copa de vino o una cerveza bien tirada. No hay reinterpretaciones ni técnicas modernas. Lo que hay es memoria culinaria. En su oferta aparecen clásicos como el salmorejo , las berenjenas fritas , los flamenquines , las croquetas caseras , el rabo de toro , los callos o las carnes en salsa , elaboraciones reconocibles que forman parte del ADN gastronómico cordobés. La cocina de La Fuenseca se apoya en el recetario popular, en esa tradición que se transmite sin escribirla y que se mantiene viva gracias a bares como este que entienden la gastronomía como algo cotidiano, no como un espectáculo. Comer aquí no es una experiencia prefabricada, sino un acto natural y sin prisas. El cliente se apoya en la barra, comparte mesa o se acomoda donde puede, porque lo importante es lo que ocurre alrededor del plato. El ambiente es otro de los grandes valores del local. La Fuenseca no programa el flamenco como reclamo, lo deja surgir. Guitarristas, cantaores y grupos flamencos encuentran en la taberna un espacio donde tocar sin escenario ni focos, integrados en la vida diaria del bar. El arte aparece de forma espontánea, como una prolongación del bullicio, del vino y de la conversación. Pero, a diferencia de otros locales donde el flamenco eclipsa la propuesta culinaria, aquí la gastronomía sostiene el conjunto: se canta porque se está a gusto, porque se come bien y porque el lugar invita a quedarse. Esta combinación de tapas tradicionales, precios asequibles y ambiente genuino ha convertido a La Fuenseca en un punto de encuentro intergeneracional. Conviven vecinos del barrio, aficionados al flamenco, jóvenes que descubren la taberna por primera vez y cordobeses que regresan buscando sabores que no han cambiado. No hay necesidad de actualizar la fórmula porque funciona tal y como es. En una ciudad donde muchos bares históricos han desaparecido o se han transformado, La Fuenseca se resiste a perder su esencia. No pretende competir con la alta cocina ni con las modas gastronómicas; su valor reside precisamente en no hacerlo. Aquí se viene a tapear, a beber, a escuchar una guitarra y a sentir que Córdoba sigue teniendo lugares donde la identidad no se negocia. Durante las fechas navideñas, la Taberna La Fuenseca cobra un aire todavía más especial. El bullicio del barrio se mezcla con reuniones improvisadas alrededor de una mesa alta, el vino corre con mayor alegría y no es extraño que alguna guitarra aparezca sin previo aviso. Sin grandes decoraciones ni artificios, la Navidad aquí se vive como siempre se ha hecho en las tabernas de Córdoba: compartiendo tapas, brindando entre amigos y dejando que el cante surja de manera espontánea. Un ambiente cálido y cercano que convierte estas fechas en una prolongación natural de su espíritu, fiel a una forma de entender la hostelería y la cultura popular que cada vez escasea más en la ciudad.