El estallido del centro o cómo leer la política del siglo XXI
En el Chile de los tres tercios, lo más probable es que esta segunda vuelta hubiese sido entre Carolina Tohá y Evelyn Matthei. Durante buena parte del siglo XX y hasta los inicios de este siglo, la política chilena se estructuró discursiva y electoramente a partir de la tríada –o tercios– izquierda, centro y derecha. Hoy por hoy, la derecha y la izquierda siguen existiendo como referentes, y el estallido del centro es quizás el fenómeno político-electoral más relevante de esta última década.
El Partido Radical, la Democracia Cristiana y después el socialismo renovado fueron los partidos que históricamente protagonizaron el centro político. Construyeron un discurso de moderación y de cambios graduales (ni revolucionarios marxistas ni derechistas conservadores) que electoralmente apelaba particularmente a las clases medias, lo que no es menor, pues más del 70% de la población del país se identifica con esa definición. Esos partidos son en la actualidad partidos disminuidos, sin proyecto propio, sin renovación de militantes o en proceso de disolución definitiva, en el caso del Partido Radical. Los grupos que han intentado ocupar ese lugar, como Amarillos, Demócratas o incluso el Partido de la Gente (PDG) con su ‘ni fachos ni comunachos’, en la última elección o cedieron y se sumaron a la derecha, o aún son tan nuevos que es difícil proyectar qué pasará con ellos.
El resultado es que el centro político se ha convertido en un territorio líquido o un lugar de tránsito. Desaparecido como referente específico para las y los votantes, a éstos les queda elegir entre una derecha que es cada vez más derecha, porque ya no necesita moverse al centro para ganar una elección, y una izquierda heterogénea donde intersectan el feminismo, el ambientalismo, otros movimientos ciudadanos y lo que queda del marxismo clásico. Esa izquierda progresista se une en la crítica al neoliberalismo como modelo de economía y sociedad, pero no ha logrado ocupar ese tranquilizador imaginario de ‘el justo medio’ que el centro político representaba en Chile.
En el pasado, la debilitación del centro político fue leída con alarma y como un peligro de polarización y violencia para el país, pues se la consideró la pérdida del fiel de la balanza, es decir, de ese espacio de negociación y –de nuevo—moderación que lideraba alianzas y ganaba elecciones. Si ello puede ocurrir en el siglo XXI en una pregunta que aún no tiene respuesta, pero lo que sí parece evidente es que no podemos seguir leyendo la política ni los votos como si los tres tercios siguieran vigentes, porque ya no es así.
Desde el año 2000 en adelante, en Chile se fundaron aproximadamente catorce nuevos partidos políticos: algunos se fusionaron con otras iniciativas, otros sencillamente fracasaron y otros han logrado medrar. Sin embargo, en una mirada transversal, es significativo que la mayoría de ellos no se fundaron a partir de esa matriz de la dorada medianía que caracterizó al centro político chileno del siglo XX. El mapa político ha cambiado y tenemos la obligación de aprender a reinterpretarlo.