La monumental e inabarcable Tercera sinfonía de Gustav Mahler , de más de hora y media de duración, y que demanda enormes efectivos en todas las familias, es una de las obras del catálogo del compositor bohemio que más se ha interpretado en los últimos años en nuestra ciudad. Todavía tenemos en la memoria la magnífica lectura de Gustavo Gimeno al frente de la Orquesta de la Comunitat Valenciana en diciembre de 2021. La sinfonía, en seis movimientos, fue iniciada y concluida a mediados de la década de los noventa del siglo XIX. Mahler diría a Sibelius algo así como que la sinfonía debía contener el mundo, abarcarlo todo: lo más sublime y lo vulgar, lo profundo y lo banal, lo cómico y lo melancólico. Si bien no puede negarse que la lectura de Liebreich con su Orquesta de Valencia ha sido notable, este crítico acudía a este concierto con unas expectativas mayores y que no se vieron del todo colmadas . Es lo que tiene que el titular de la formación haya alcanzado, en sus últimas citas, altas cotas de calidad. Todo fue sobre ruedas en la práctica totalidad del amplio y brutal primer movimiento, traduciendo Liebreich el clima de desasosiego y grandeza con fidelidad. Las trompas declamaron con autoridad el célebre tema de inicio y la incisiva trompeta de Raúl Junquera, contestando las exclamaciones de los metales. Tendría que llegar Gustav Mahler y la consiguiente ruptura de los moldes para que en el primer movimiento se escribiera un solo para trombón. Rubén Toribio interpretó de forma admirable el telúrico y emocional solo «la voz de la tierra». Una intervención de gran exposición si se tiene en cuenta que está inserto en un movimiento de enorme intensidad orquestal. El magistral segundo movimiento, que a veces se percibe como un mero instante de banalidad y reposo, tras el enorme movimiento de inicio, en tempo di minuetto «lo que me cuentan las flores», fue tocado con el debido primor, sin duda. Pero eché en falta la oscuridad que acecha tras los instantes de felicidad, y que en las grandes lecturas se deja traslucir. El fatum, la fatalidad, y el carácter temporal de esos momentos, como es temporal y corta la misma vida de las flores. El tercer movimiento subtitulado «lo que me cuentan los animales» es un Scherzo y viene marcado por el maravilloso y difícil solo de trompa de postillón (una pequeña trompa que puede verse en la versión de Bernstein con la Filarmónica de Viena, entre otras) o en otros casos, a elección del solista como el que nos ocupa, de fliscorno (una trompeta de mayor anchura tamaño que las habituales) y que se interpreta fuera de la escena. En este caso eligió bien Liebreich que Barberá lo hiciera desde un lateral de las tribunas altas para darle todavía un aire más etéreo y lejano. La interpretación fue absolutamente conmovedora y técnicamente apabullante. Bravo. De nuevo, tras un aparente estado de estabilidad, la fragilidad de la existencia, en este caso la animal, envuelve la partitura. El cuarto movimiento es un profundo adagio, meditativo y filosófico en el que, por fin, el hombre, el centro de la naturaleza, es el protagonista. La mezzo norirlandesa Fleur Barron ofreció una versión llena de clase, sobre todo en las partes en que su voz está más expuesta. En las partes en que su voz se integra con la masa orquestal tuvo más problemas de proyección. Hay que indicar que la voz idónea para esta parte es la de contralto y Barron, Mezzo, posee un timbre algo más lírico de lo que demanda la partitura . Excelente estuvo aquí el oboe Roberto Turlo con sus misteriosas llamadas en glissando «Wie ein Naturlaut», es decir, como un sonido de la naturaleza, anotaría Mahler. Citar también a Enrique Palomares en el violín solista tanto en este movimiento como en los dos primeros. El quinto movimiento, uno de los grandes contrastes emocionales de la literatura sinfónica mahleriana, nos trajo a una Coral catedralicia y una Escolanía que demostraron prestaciones más que suficientes en sus sendos cometidos, transmitiendo de forma idónea la candidez y el carácter naïf que se les pide. Mahler diría por aquel entonces que el sexto movimiento actúa de «resumen de mi sentimiento hacia todas las cosas... Podría casi llamarse 'Lo que Dios me cuenta', precisamente en el sentido en que Dios solo puede ser comprendido como amor«. Si bien la lectura fue irreprochable, para este crítico faltó algo de continuidad en la progresión emocional que deben tener el sexto movimiento, hasta la llegada de la gran coda. Aquí sí, el gran clímax, lo resolvió el director bávaro con la magnificencia que esta enorme partitura demanda, con los impresionantes golpes de ambos timbales al unísono a cargo de Javier Eguillor y Lluís Oscar, magníficos a lo largo y ancho de toda la sinfonía. Éxito desbordante y merecido. Liebreich como suele ser habitual hizo levantar por separado a todos los solistas y familias que se llevaron largas e intensas ovaciones, bravos incluidos, sin excepción. Palau de la Música de Valencia 19 de diciembre de 2025 Gustav Mahler, Tercera Sinfonía Fleur Barron, mezzosoprano Coral Catedralicia Escolanía de la Verge Orquesta de Valencia Alexander Liebreich, director musical