Últimamente,
hablar de salud es hablar de extremos. Hay quienes miran cada etiqueta como si fuera un contrato, pesan los alimentos al gramo, controlan horarios, luces, pantallas y hasta relaciones personales.
Personas que lo hacen todo "bien", o al menos eso creen, pero viven en una alerta constante. En el otro lado están quienes no miran nada: ni lo que comen, ni cómo duermen, ni cuánto se mueven.
La salud queda relegada a un segundo plano, hasta que el cuerpo, tarde o temprano, pasa factura.
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