El pulso en la derecha entre Feijóo y Abascal
El 2025 tuvo lugar, en Madrid, a primeros del mes de julio, el primer Congreso Nacional del Partido Popular de la era Feijóo. Llevaba la formación mucho tiempo, desde 2017, sin organizar la madre de todas las citas orgánicas de manera "ordinaria", con la única finalidad de afinar el ideario y renovar los equipos. En 2018, el cónclave sirvió para abrir un tiempo nuevo tras la moción de censura que mandó a su casa a Mariano Rajoy y, en 2022, para poner fin a la mayor crisis interna que se recuerda, que acabó con la carrera de Pablo Casado.
Después de un 2024 que había vuelto a estar marcado por una maratón de urnas, con las gallegas, vascas, catalanas y europeas, llegó un tiempo de sequía electoral y, también, cierta ansiedad en el electorado del centroderecha. Con una legislatura que se ha ido desmoronando día a día, por la ausencia de una mayoría parlamentaria primero y por la concatenación de escándalos judiciales de toda índole, segundo; el PP quiso darle a su parroquia lo que tanto venía demandando: un revulsivo.
Se había resistido Alberto Núñez Feijóo a organizar un Congreso Nacional, que normalmente se suele convertir en un foro de discusión y división, en el que afloran las rencillas entre unas y otras facciones y en el que unos resultan vencedores y otros, vencidos. Pero, obró el milagro. En cuestión de dos días, logró cambiar de arriba abajo la estructura de dirección nacional, con un nuevo secretario general, Miguel Tellado, identificado con el ala dura, y una nueva portavoz parlamentaria, Ester Muñoz, de marcado verbo afilado.
El posicionamiento del PP con la inmigración
Dos nombramientos que indicaban la decidida intención de virar el barco a estribor. Por otro lado, la ponencia. Un documento sencillo y breve que, de forma inusitada, recibió el "sí" unánime de todos los compromisarios, entre otras cosas porque evitó hacer alusión a cualquier temática espinosa, caso del aborto, la eutanasia o la gestación subrogada.
Lo más llamativo de aquel documento fue el posicionamiento del PP sobre un fenómeno que tiene que ver, y mucho, con el cambio sociológico que se está produciendo en todas las democracias de occidente: la inmigración.
Por aquel entonces, Vox ya había recuperado el brío demoscópico, en una primavera que se llenó de rosas y claveles cuando llegó el otoño, con cada vez más gurús convencidos de que el auge de Santiago Abascal incluso podía terminar en sorpaso. Tras el fiasco de las generales de 2023, en las que la oposición se quedó a cuatro escaños de sumar mayoría absoluta, el partido verde entró en fase de depresión, con una caída paulatina en todos los estudios. Hasta que llegó la dana en la Comunidad Valenciana. Un punto de inflexión.
La discutida gestión de Carlos Mazón, las proclamas de "solo el pueblo salva al pueblo", y otros tantos acontecimientos, acabaron por abrirle una vía de agua al PP. Meses antes, Abascal había tomado una decisión estratégica que, a la postre, ha resultado ser muy rentable: abandonar todos los gobiernos de coalición que compartía con el PP.
Enfrentamiento entre el PP y Vox
En el último año, las diferencias que había entre PP y Vox han degenerado en una suerte de enfrentamiento sin cuartel. Poco a poco, Abascal ha ido intensificando su crítica a Feijóo, hasta situarlo en la misma diana que Pedro Sánchez. En cada Pleno en el Congreso de los Diputados, Abascal dedica casi el mismo tiempo a atacar a Sánchez que a Feijóo. La identificación que hace de ambos partidos, le ha dado resultados. Además, claro, del sinfín de escándalos en la izquierda. Más abono para Vox. En un momento de tensión, ¿quién recoge las nueces? El que más fuerte le pega las patadas al árbol.
En Génova son conscientes de que las "fechorías" del sanchismo impulsan a Vox. El debate está servido. Cómo contener su subida sin copiarle el discurso. Es sabido que el personal, entre la copia y un original, suele optar siempre por el original. Por otro lado, hay un grupo importante de dirigentes que insiste en su teoría de que las elecciones solo se ganan por el centro. Y que elevar el tono más de la cuenta, hasta abandonar los márgenes de la institucionalidad, no sirve de nada. Más que para espantar el voto más templado y, si cabe, reforzar a Vox. La política es de todo menos una ciencia exacta.
En aquel Congreso Nacional del PP, para tratar de contentar a los unos y a los otros, Feijóo pronunció un discurso de gran calado político en el que aclaró la hoja de ruta que tiene prevista para llegar a la Moncloa. Sin cordones sanitarios, salvo a Bildu. Es decir, abierto a acuerdos con Vox. Los que hagan falta dentro de unos parámetros. Eso sí, nada de gobierno de coalición. Quiso así disipar los temores que con tanto esmero agita Pedro Sánchez para que su parroquia sea indulgente con todo el rosario de escándalos. Piensa el presidente del Gobierno que mientras exista el miedo a Vox, siempre podrá movilizar a los suyos.
Vox sube con fuerza
Para cada vez más pesos pesados del PP, el miedo a la ultraderecha ha dejado de tener un efecto revitalizante en la izquierda. Y sino, que se lo pregunten al PSOE de Extremadura, que se pegó el mayor batacazo de su historia a pesar de la participación activa de Sánchez en la campaña. Un varapalo que arroja muchas claves: Vox no es que deje de dar miedo, es que empieza a captar electores procedentes del centroizquierda. Desde hace tiempo, Abascal apuesta por un giro "obrerista", al más puro estilo de Le Pen en Francia.
Ante fenómenos como la crisis migratoria, o el empobrecimiento de las clases medias, Vox opta por una vía estatalista, de reforzamiento del Estado, de defensa de las políticas públicas. Algunas de las propuestas que ha ido lanzando en la recta final del año, casi que parecían sacadas del ideario de Podemos. Especialmente en materia de vivienda, que tanta credibilidad resta al supuesto "cohete" económico del que tanto presume el Gobierno de Sánchez. Si el español medio es incapaz de acceder a un bien tan básico como una casa, puede llevarse la palma el que proteste con más fuerza.
Que el Gobierno de Pedro Sánchez se ha convertido en una máquina de fabricar votantes de derechas lo admiten analistas políticos tan conservadores como Gabriel Rufián. En Extremadura, el feudo histórico del PSOE, la suma entre PP y Vox superó el 60%. Seis de cada diez votantes, en un territorio que, supuestamente, era comanche para la derecha, optaron por una papeleta del centroderecha.
El PP consiguió subir más de cuatro puntos. Nada comparado con Vox, que duplicó sus resultados. Eso sí, lejano parece el sorpaso que tanto aventuran los gurús interesados del Gobierno. En Extremadura la distancia entre el PP y Vox es de más de 26 puntos. Pero el casi 17% que cosechó Vox corrobora una realidad innegable: no atraviesa una primavera demoscópica, atraviesa una primavera política. Sube con fuerza y augura convertirse en un actor decisivo para el nuevo ciclo político. Por mucho que Feijóo aspire a una "mayoría suficiente", es decir, sumar más que la izquierda, si Vox rompe su techo, encarecerá el precio de sus apoyos. Lo veremos en Extremadura.