Diario de una mujer liberada: Brigitte Bardot
La aparición de Brigitte Bardot no tuvo una gran relevancia. Era una «starlette» más en el pacato panorama de posguerra. Todo cambió cuando un avispado reportero de «Paris-Match» se casó con ella, con gran disgusto de sus padres, y la modeló como la Lolita erótica y descarada, que haría temblar las convenciones de la puritana y por entonces católica sociedad francesa.
¿Cuál era la novedad que aportaba BB en el panorama de las bombas sexuales del cine de Hollywood y de Cinecittà? Su manifestación pública de la sexualidad abierta y sin complejos. BB era una joven que no ocultaba bajo afeites ni insinuaciones eróticas su sexualidad. Esa fue la novedad de la Lolita de posguerra. Manifestar su abierta sexualidad bien a las claras. De ahí el escándalo de «Y Dios... creó a la mujer» (1956). Los desnudos apenas ocultaron el verdadero escándalo: que una mujer deseara y que su deseo se manifestara sin filtros eróticos ni insinuaciones. Por fin las mujeres eran sexualmente activas, abiertas a desear y acostarse con quien les gustara y sin ocultarlo. Razón por la que fue perseguida toda su vida por la prensa amarilla ávida de morbo, cuando BB jamás lo había fomentado.
Los años despreocupados
Para celebrar el 75.º cumpleaños de Brigitte Bardot, el Espacio Landowski de París inauguró una exposición dedicada al mito erótico BB y califico aquellos finales años 50, breves pero intensos, «les années insouciance». Los años despreocupados en los que BB se convirtió en el mito erótico universal: modelo de pintores, frecuentada por intelectuales, asediada por periodistas y paparazzi que buscaban el desnudo furtivo en las playas de Saint-Tropez, y productores y directores de cine de Hollywood que ansiaban contratarla.
Todo comenzó en la playa mediterránea de Saint-Tropez donde BB rodó, dirigida por su marido Roger Vadim, el filme escandaloso «Y Dios... creó a la mujer», donde se exhibía semidesnuda o mojada por las olas, mostrando al mundo su «erotismo húmedo», como lo calificó Edgar Morin. Una estratagema que ya utilizaban las «maggiorata» italianas Silvana Mangano en Arroz amargo» (1949) y Sophia Loren en «La chica del Río» (1954), bombas sexuales de pechos inmensos, cintura de avispa y nalgas pendulantes, ingrávidas. Era el típico erotismo rústico de posguerra, que contrastaba con la imagen urbana y burguesa que representaba BB tanto en el cine como en su vida.
Una desnudez amable
La novedosa imagen moderna de BB fue creada por el reportero gráfico de «Paris-Match» Roger Vadim cuando la estrella tenía 16 años: melena rubia enmarañada, cardado alto, ondas suaves y volumen al desgaire, el peinado «bouffant», rematado por el famoso flequillo Bardot, despuntado y abierto en la frente. Vadim le añadió una desnudez amable, de adolescente pizpireta recién levantada de la cama, que se gusta con lencería corta o abrazada a una toalla. En su cara, de una dulzura desarmante por su candidez, resaltaban sus morritos que invitaban a un beso francés.
En la creación del mito BB, en el que las siglas hacían también referencia a un bebé, fue fundamental el fotógrafo Sam Lévin y las numerosas sesiones que dedicó a crear el erotismo de BB para su distribución en postales, medio de promoción de las estrellas de cine en los años 50 y 60. Con ellas se convirtió en la pin-up más admirada del mundo.
Tras una docena de papeles poco importantes en el cine, BB hizo realidad la perversa fantasía de su marido Roger Vadim: convertirla en una Lolita descarada, que provoca con infantil desparpajo a cuantos hombres se le cruzan en su camino y juega con ellos sin preocuparse de las consecuencias de sus actos. Es el estilo «gamine», la niña mujer, desprejuiciada, atenta solamente a su satisfacción inmediata.
De pícara ingenua a joven perversa
Pero fue Henri-Georges Clouzot quien trascendió la imagen de la pícara ingenua en una joven perversa y amoral en la escena en la que se ofrece sexualmente como pago al abogado Jean Gabin en «El amor es mi oficio» (1958). Se apoya en una mesa, se sube la falda y con uno de los contrapicados más eróticos de la historia del cine la muestra de espaldas, con las nalgas desnudas, abierta a una transacción comercial. Simone de Beauvoir escribió que el erotismo de esta ambigua ninfa, no era mágico, sino agresivo. «Tiene el tipo de dignidad espontánea; algo de la gravedad de la niñez».
El bardotismo se convirtió en una moda imitada por multitud de jovencitas de todo el mundo, que se despeinaban, vestían y se insinuaban como ella. Imitaban la despreocupación juvenil de la estrella, su glamouroso «sexappeal» y esos morritos caprichosos que contagiaban su alegría vital, su «joie de vivre». Para la generación de posguerra, BB representó la avanzadilla de la liberación sexual diez años antes de la expansión mundial de la contracultura jipi a finales de los años 60.
Antonio Saura, con su estilo informal, la pintó en una serie de retratos en 1958/59 de forma sui géneris, un retrato imaginario que más parece un mamarracho, al desposeerla de su apariencia. El artista francés Aslan, especializado en pin-ups en la revista «Lui», la inmortalizó en 1969 como la Marianne revolucionaria, símbolo nacional de la República Francesa, tocada con el gorro frigio y bien marcados los pezones en el busto de mármol.
Sin interés en el cine
La estrella nunca estuvo muy interesada en el cine, y supo resistirse a las insistentes invitaciones de Hollywood. Sabía que no era una buena actriz. Sólo un mito erótico sin la gracia autoparódica de la mayor bomba sexual de los años 50: Marilyn Monroe. Como cantante tenía una voz pequeña pero agradable. Bailaba de forma agitada, pese a haber estudiado ballet en su infancia.
En la escena de la sala de fiestas de «Y Dios... creó a la mujer», baila un mambo como si le fuera la vida en ello, siguiendo el tamtam de los bongos y al negro de las maracas. La escena acaba con dos guantazos cruzados de Trintignant, en plan Gilda, que le hacen comprender lo enamorada que está de su hombre.
A BB le gustaba enamorarse de hombres guapos: se casó con Jacques Charrier con quien tuvo un hijo y con el playboy millonario Gunter Sachs y mantuvo idilios con los actores Alain Delon, Jean Louis Trintignant, Warren Beatty y los cantantes Sacha Distel, Gilbert Bécaud y Serge Gainsbourg, autor de la famosa canción «Je taime... moi non plus» (1967), interpretada por BB, pero que su por entonces marido Gunter Sachs le prohibió publicar en disco, convertida en 1969 en un gran éxito de la canción erótica cantada con su mujer la actriz Jean Birkin.
La canción, un retrato de las intensas sesiones de amor entre la actriz y el compositor, se condensa en estos versos: «Je t'aime, je t'aime, oh, oui je t’aime / Moi non plus / Oh mon amour / Tu es la vague, moi l'île nue / Tu vas, tu vas et tu viens / Entre mes reins». («Te amo, sí, te amo / yo tampoco / Oh, amor mío / tú eres la ola, yo la isla desnuda / Vas, vas y vienes / en mis entrañas»).
Una vida junto al mar
No quiso volver al primer plano de la popularidad y dejó París para vivir en el sur, en el pueblecito pesquero de Saint-Tropez, lugar de encuentro de la jet-set internacional, tras el rodaje de «Y Dios... creó a la mujer». Vivir junto al mar siempre fue el sueño dorado de BB. En 1959, alertada por sus padres, BB voló desde Sevilla donde rodaba «La Femme et le Pantin» (1959), compró una villa en la costa de Saint-Tropez y la llamo «La Madrague». En 1963, Jean-Max Rivière escribió una letra inspirada en la villa y BB la convirtió en una de sus más conocidas interpretaciones: «Sur la plage abandonnée / Coquillages et crustacés...».
BB sólo tuvo un hijo con Jacques Charrier, del que apenas mantuvo una relación continuada. Siempre prefirió los animales. La maternidad supuso un grave problema para BB: «No estoy hecha para ser madre». Tras el parto sufrió una aguda depresión e intentó suicidarse. Fue su padre Jacques Charrier quien se encargó del cuidado de su hijo, Nicolas-Jacques. En su autobiografía, escribió que su hijo era un «tumor canceroso» y que hubiera preferido dar a luz a un perrito. Su hijo se querelló por violación de su privacidad y sólo lograron reconciliarse después de muchos años.
Exactriz y animalista
El símbolo sexual de la liberación sexual en el cine, abandonó su vida profesional y social en 1973, a los 39 años, y se consagró a la defensa de los animales. Durante el rodaje de «Los joyeros del claro de luna» (1958) se enamoró de un burrito con el que salía en la película. Al acabar el rodaje, lo compró y se lo llevó a su hotel de Málaga y acabó, según su exmarido Roger Vadim, tendido en la cama junto al mito sexual. En su pasión animalista, llegó a acoger en su villa de la Costa Azul a más de 1000 animales abandonados.
Con su adiós, no debiera olvidarse que por encima del mito sexual de la Bardot y su activismo animalista, BB fue el último clavo en el ataúd de la represión la sexual, en especial la femenina, y su liberación de las constricciones que aún se mantenían con respiración asistida desde que Freud inicio sus estudios sobre la histeria como neurosis sexual en 1895.
Goce inmediato para olvidar las penurias de la posguerra
Brigitte Bardot fue la primera nínfula que mostró su deseo de forma desinhibida y directa. Su mito sexual está enraizado en la insatisfacción de la juventud de posguerra, representado por Celine, el personaje creado por Françoise Sagan en «Bonjour tristesse» (1954): una joven insatisfecha, carente de valores morales y con un desprecio alarmante por el dolor ajeno, rasgos que escandalizaron a la sociedad de los años 50.
Para estas adolescentes, en ansiosa búsqueda de goce inmediato y diversión que le hiciera olvidar las penurias de la posguerra, fue la equiparación con el deseo masculino. Con qué naturalidad encarnaron abiertamente el deseo femenino, sin tapujos ni tabúes encubridores. Ese fue el legado de BB, convulsionar la cultura moderna con su aireada vida sexual hecha de escándalos, mohines y desplantes, resumidos en esos morritos que cautivaron —y hasta qué punto— a los jóvenes de la generación de posguerra.