La torre de marfil versus el ágora
Hace años tomé la decisión de aceptar entrevistas en los medios de comunicación cuando me consultan por algo lingüístico, que es mi quehacer y mi pasión. Prefiero dar cuenta de lo que se me consulta, sobre todo porque soy funcionaria pública y siento que se puede ser docente fuera del aula, siempre. Muchas veces esto me ha traído problemas y no menores. Por ejemplo, muchas veces los periodistas, por una cosa de tiempo o espacio en el mensaje, cortan lo que estiman conveniente y descontextualizan lo que quieres decir. Por lo mismo, hace también unos cuantos años les vengo pidiendo que me envíen lo que escribieron antes de ser publicado, para poder leerlo y poder, así, ayudar a que el mensaje llegue a buen puerto. Muchas veces –las más– no alcanzan a retornarme el mensaje desarrollado por una cosa de tiempo o les da lo mismo y aparece una noticia impresentable desde mi punto de vista. En este preciso momento (donde maldigo y me ofusco) suele darse una dinámica usual: les envío un breve mensaje amonestándoles por lo publicado, mensaje que muchas veces estos periodistas no se molestan en contestar. Otras veces me piden disculpas (es el tiempo, son las prisas, es la hora de límite, que es muy tarde, perdóneme). Algunas veces (que es impresentable), se molestan ellos por mi actitud rigurosa y severa. Me verán altiva o tiquismiquis, de seguro. Así, a lo largo de estos años, los he ido incorporando a listas negras, razón por las que no les daré nuevas oportunidades de entrevistas. Es complejo, porque cada vez suele ser un nuevo periodista del mismo medio masivo y le doy una oportunidad y sucede lo mismo: hay descuido, selección arbitraria, hasta faltas de ortografía.
Vuelvo al dilema ético: o quedarme con mis pares y escribir y hablar a mis pares, en la torre de marfil, cómoda, monológica o seguir dándole oportunidades a medios masivos, allí en el ágora de papel, el ágora digital.
Con lo que sucedió con la segunda vuelta presidencial, me di cuenta que es clave seguir allí, en los medios masivos, dando la opinión y comentando, sobre todo por lo que siempre me ha movido: ser lingüista y dar cuenta de lo que me apasiona y lo que quiero compartir con una población que pregunta, consulta o le genera dudas. Este 24 de diciembre me sucedió algo particular, un periodista que no tenía registrado, de un medio masivo con el que más me cabreo (por la calidad de sus noticias, por la formación de sus periodistas) me escribió para pedirme una entrevista. Sucedía que Irina Karamanos había escrito un post y, en palabras del mismo periodista, ni él ni nadie entendía lo que ella quería decir. Me salió lo profesora y, sobre todo, me salió lo que a todo lingüista le sale como casi inconsciente: la necesidad de analizar un discurso para poder explicarlo si alguien no lo entiende.
Analizar un discurso es un ejercicio que te enseñan en lingüística desde siempre y es una suerte de razonamiento automático, por lo que accedí, pero primero debía saber de qué diablos se trataba. He de hacer la salvedad de que estoy haciendo uso de mis vacaciones progresivas, por lo que estaba viajando en una carretera de la décima región, sin acceso a internet todo el tiempo. El periodista feliz me envió el post que Karamanos escribió en una red social que yo no manejo. Entendí perfectamente lo que quería decir la ex novia del saliente presidente y estuve de acuerdo con ella, porque, en efecto, si el presidente entrante, jactándose de la austeridad y de su propia austeridad, quiere retomar una unidad que genera un gasto no menor, entra en un oxímoron claro (de austeridad, nada).
Intenté explicarle esto al periodista, quien –me llamó la atención– no tenía idea tampoco de que un público no menor, haciendo burla de cómo suele expresarse Karamanos (que es de una forma académica, que suele ser ‘oscura’ para un determinado público) suele llamar este estilo, un estilo karamanístico y su lengua el karamanés. Realmente en el audio que le mandé me reí de él, porque, al ser un profesional de las comunicaciones, debiera saber de análisis del discurso (le debieran enseñar eso a los estudiantes de periodismo, me preguntaba). También me reí porque me insinuó que lo que había en lo expresado por Karamanos era una sátira (¿sabrán de retórica quienes estudian comunicaciones? Me preguntaba, asombrada y sabrán que el final de la sátira es la descalificación y en lo que leí no había nada de sátira). Me reí, también, una risa un tanto de preocupación (risa nerviosa), porque lo que el profesional de las comunicaciones me demostraba era algo peor que el estar en la torre de marfil: era un desconocimiento de todo lo que contenía y rodeaba un mensaje del que él quería redactar una noticia para un medio masivo.
Preocupada por esto, pero con las ganas de sostener mi hipótesis (“el gobierno entrante quiere ser austero pero, al parecer, no lo será”), me estaba metiendo en un berenjenal que bien podía generar una serie de malos entendidos. Le pedí al profesional de las comunicaciones, en consecuencia, que me enviara el borrador de su noticia, para leerlo antes de ser publicado, a lo que accedió sin problemas. Había algunas faltas de ortografía y algunos matices. Jamás hubo referencia a mi risa, risa cuyo destinatario era él, risa no burlona, sino de preocupación, una vez más, por lo que tenemos en el mundo: profesionales analfabetos, quienes (des)informan al mundo. Esa risa ha sido tomada, por algunos, como una burla a la expareja del presidente saliente (no tengo nada en contra de ella, por el contrario, me alegró saber de ella, leerla y ver que su preocupación es la mía. Me gusta el karamanés, porque es muy de Facultad de Filosofía y Humanidades).
Esa risa mía, el chico de las comunicaciones la enunció (sin compartírmela) en una noticia que salió como portada el día de navidad (¿en serio un evento como este tiene que ser la portada de un medio un día como este?). También esta apertura a medios masivos ha sido mal tomada por mis colegas del área, porque se ve como un “rebajarse”. Hasta como un “prestarse” a las manipulaciones de estos medios. Tienen mucho de razón pero, insisto: ¿en mi papel de lingüista debo restarme, entonces? Yo sigo insistiendo que las tesis que uno maneja se pueden mantener (en este casi, insisto: “el gobierno entrante quiere ser austero pero, al parecer, no lo será”, algo que se ve reflejado en la noticia, en todo caso), que se puede ayudar mucho desde la lingüística a muchos actos de habla, sean crípticos, sean literales, sean simplones, sean brutales.
Como sea, es tanta la molestia que ha generado todo esto que me encuentro en el dilema de seguir con este accionar ético (el lingüista debe estar allí, a la respuesta de la consulta, siempre) o quedarme como se quedan muchos colegas, quienes no pasan estas rabias (con esa actitud de “solo contesto y acceso a responder dudas desde determinados espacios, espacios críticos, de alta cultura, de espacios académicos o críticos, no desde los espacios abiertos”, algo que no está mal, pero que te sigue situando en una monología, entre los tuyos, entre tus pares).
Y sigo con la duda.