Energía alternativa, no limpia
Seguramente muchos están viendo la serie Landman, de Paramount. Más allá de su tono hollywoodesco —y de algunas escenas claramente exageradas para elevar el dramatismo—, la serie pone sobre la mesa varios temas profundamente ligados a la realidad actual, y particularmente relevantes para México.
El eje central es la energía. El petróleo y todo lo que gira a su alrededor: dinero, poder, conflictos legales, territoriales y humanos. Aunque la serie aún no termina, el mensaje es claro en un punto incómodo, pero ineludible: el mundo actual no puede vivir sin petróleo. No hoy, no mañana, y probablemente no en muchas décadas más.
Cada industria moderna depende directa o indirectamente de él. No solo como combustible, sino como insumo base: plásticos, fertilizantes, medicamentos, transporte, infraestructura, tecnología. Pretender que el petróleo es prescindible en el corto plazo es más un acto de fe que un análisis técnico. Y todo indica que, cuando menos en los próximos cien años, seguirá siendo parte estructural del sistema económico global.
Uno de los pasajes más interesantes de la serie ocurre cuando el personaje de Tommy Norris —interpretado por Billy Bob Thornton— explica por qué las llamadas energías “limpias” deberían llamarse, en realidad, energías alternativas. El argumento es simple, pero poderoso: ninguna forma de energía es completamente limpia si se analiza todo su ciclo de vida.
Los aerogeneradores no nacen del viento. Requieren acero, concreto, cobre, tierras raras, minería intensiva, transporte pesado, fundiciones y, eventualmente, desecho. Lo mismo ocurre con los paneles solares, las baterías y prácticamente cualquier tecnología energética moderna. El molino girando puede no emitir CO₂, pero detrás hay una cadena industrial larga, costosa y ambientalmente intensa.
Llamarlas “alternativas” sería más honesto. No niega su valor ni su papel en la transición energética, pero evita una narrativa moral que divide al mundo entre energías buenas y malas. La energía no es ideológica: es física, industria y materia.
Otro tema que la serie aborda —con crudeza— es el del poder. En Landman, los cárteles que operan en Estados Unidos son retratados como actores con un peso comparable al de la industria petrolera, históricamente considerada una de las más ricas e influyentes del planeta. El paralelismo no es gratuito: ambos mueven flujos de dinero colosales, controlan territorios y generan dependencias profundas.
Aunque muchos de los personajes criminales son presentados como potenciales mexicanos, la operación real ocurre al norte del río Bravo, en territorio estadounidense. El mensaje implícito es contundente: por más esfuerzos que se hagan de este lado de la frontera, mientras no se controle la demanda, el lavado de dinero y las redes de distribución del otro lado, el flujo seguirá.
El dinero que mueve el narcotráfico es inmenso. Comparable, en escala e influencia, al de la energía. Y como ocurre con el petróleo, no se trata solo de producción, sino de consumo. De un sistema que se alimenta a sí mismo.
Landman no es un documental ni pretende serlo. Pero sí funciona como espejo incómodo. Nos recuerda que el debate energético requiere menos consignas y más realismo; menos etiquetas morales y más análisis completo. Que la transición energética será larga, costosa y compleja. Y que los grandes problemas —energía, crimen, poder— no se resuelven con discursos simplificados, sino entendiendo toda la cadena, de principio a fin.
Tal vez por eso la serie, además de agradar a muchos, incomoda. Porque no ofrece héroes claros ni soluciones limpias. Solo alternativas.