La pollería más antigua de Barcelona sigue en activo y sus ventas anuales impactan
Una rostisseria pionera en Barcelona
La historia de Kikiriki comenzó cuando Joan Casas, junto a su esposa, decidió adaptar un sistema que vio en Alemania para asar pollos de forma automática. Así nació una de las primeras rostisserias de la ciudad, en los bajos de su vivienda en la calle Vilardell. Con una granja propia de pollos, el negocio creció rápidamente en popularidad.
Hoy, su hijo Jordi Casas mantiene viva la esencia original, sin grandes modificaciones, con un método que combina tradición, cercanía y producto local. A diario, cientos de vecinos se acercan a comprar el clásico pollo a l’ast, símbolo de la gastronomía popular catalana.
Un producto simple, una clientela fiel
Sal, pimienta y tiempo: esa es la fórmula que no ha cambiado en más de seis décadas. Jordi Casas lo tiene claro. “Si la receta funciona y gusta, ¿para qué cambiarla?”, afirma. La clave está en mantener el punto justo de cocción y un servicio próximo que ha fidelizado generaciones de clientes.
Ni las modas gastronómicas ni las cadenas de comida rápida han podido restar protagonismo a este pequeño establecimiento que ha sabido resistir el paso del tiempo.
La cifra que sorprende a toda Barcelona
Lo que muchos desconocen es el volumen de ventas que alcanza este humilde local. Según reveló Jordi Casas al medio Metrópoli Abierta, en Kikiriki se venden alrededor de 15.000 pollos asados al año. Una media de más de 1.200 al mes que demuestra el éxito sostenido del modelo familiar.
Esta cifra resulta aún más llamativa si se considera que la venta se concentra principalmente en fines de semana y festivos. El sábado es el día estrella, cuando el olor a pollo asado invade las calles del barrio.
Un referente del comercio local
Kikiriki no solo vende comida: es un punto de encuentro intergeneracional en Hostafrancs. Clientes que acudían de niños hoy llevan a sus hijos, incluso nietos, a recoger el almuerzo de los domingos. La historia del local se entrelaza con la memoria del barrio.
Casas reconoce que el relevo generacional es un reto. Por ahora, sigue al frente del negocio con el mismo compromiso que sus padres. “Nosotros no vendemos solo pollos. Vendemos el sabor de toda una vida”, afirma con orgullo.
Gastronomía tradicional frente a las nuevas tendencias
En los últimos años, Barcelona ha vivido un auge de locales gourmet que reinterpretan recetas tradicionales. Pese a ello, Kikiriki se mantiene fiel a su esencia: sin marketing, sin redes sociales, sin delivery. Solo boca-oreja y una fórmula que no falla.
En un contexto de constante transformación del consumo, el éxito de esta pollería demuestra que hay un público que sigue apostando por lo auténtico, lo cercano y lo bien hecho.
Un legado que se saborea
Mientras nuevos formatos de comida rápida intentan posicionarse, locales como este recuerdan que la tradición también es una forma de innovación. No necesitan reinventarse para ser relevantes: su valor está en la constancia, en la calidad y en la confianza ganada a lo largo de los años.
Y aunque no aparezca en guías de tendencias ni en portales gastronómicos de moda, la pollería más antigua de Barcelona sigue batiendo récords, año tras año, con una receta tan simple como irresistible.