Editorial: La lúcida voz universal de León XIV
Durante las últimas dos semanas, el papa León XIV ha alzado su voz para emitir un conjunto de mensajes en los que se ha referido, con lucidez, claridad y compasión, a profundos y agudos desafíos de nuestro mundo. Aunque arraigado, como corresponde a su investidura, en la doctrina católica y las enseñanzas de Jesús, el Sumo Pontífice ha puesto gran énfasis en los valores ecuménicos del cristianismo, para hacer robustos llamados a la paz, la justicia y el respeto a la dignidad humana. Sus palabras deben ser oídas, leídas y sopesadas con gran interés, sin distingos de credo.
El arco conceptual de las intervenciones, a menudo con referencias concretas, merece ser abordado con cierto detalle.
El primero de esos mensajes fue la homilía en la misa del 24 de diciembre, celebrada en la basílica de San Pedro. En él destacó a Jesús como una luz en la que “toda la humanidad ve la aurora de una existencia nueva y eterna” y que alumbra “la dignidad infinita de cada persona”, pero en particular de las humildes, débiles e indefensas.
En la misa de la Natividad, el 25 de diciembre, puso particular énfasis en la necesidad de impulsar la paz, asediada desde múltiples flancos en la actualidad, y la vinculó con la palabra como elemento clave para impulsarla, pero también vulnerarla. Rechazó las expresiones prepotentes, “que resuenan en todas partes”, y destacó aquellas con “una presencia que suscita el bien, que conoce su eficacia, que no se atribuye el monopolio” de la verdad.
Llamó a interrumpir los monólogos y a fecundarlos con la escucha.
Tuvo justificadas palabras de solidaridad con quienes, en la Franja de Gaza, han estado expuestos “desde hace semanas a las lluvias, al viento y al frío”, y las extendió hacia “tantos otros desplazados y refugiados en cada continente”.
Ese mismo día, en su mensaje urbi et orbi, instó a los humanos a asumir su “parte de responsabilidad”, tanto individual como colectiva, para emprender el camino de la paz. Cada uno “debe hacer lo que le corresponde para rechazar el odio, la violencia y la confrontación, y practicar el diálogo, la paz y la reconciliación”. De nuevo, la palabra como elemento central de confrontación o convivencia. Es un mensaje particularmente oportuno en el momento político que vive nuestro país.
A partir de estos preceptos, con una audacia poco usual entre los papas, pero que celebramos, León XIV se refirió en detalle a distintas regiones del mundo asediadas por conflictos, intolerancia y riesgos.
Llamó a orar, “de manera especial, por el atribulado pueblo ucraniano, para que cese el estruendo de las armas, y las partes implicadas… encuentren el valor para dialogar de manera sincera, directa y respetuosa”. Imploró “justicia, paz y estabilidad para el Líbano, Palestina, Israel y Siria”. Se solidarizó con quienes “sufren a causa de la injusticia, la inestabilidad política, la persecución religiosa y el terrorismo”, en particular los habitantes de Sudán, Sudán del Sur, Malí, Burkina Faso y la República Democrática del Congo.
Pidió a Dios “por el querido pueblo de Haití” y por el cese de “toda forma de violencia” en ese país; también, por la reconciliación en Myanmar y el restablecimiento de la amistad entre Tailandia y Camboya, sacudidas por conflictos fronterizos. De manera más general, confió a Dios “los pueblos del sur de Asia y Oceanía”.
No hizo en ese mensaje ninguna referencia a Venezuela. Sin embargo, el pasado domingo, al finalizar la oración mariana del Ángelus, fue explícito y lúcido sobre su situación actual. El bien de su pueblo, aseveró, “debe prevalecer por encima de cualquier otra consideración y llevar a superar la violencia y emprender caminos de justicia y paz”. Pidió entonces que se garanticen la “soberanía del país, el Estado de derecho y el respeto a los derechos humanos y civiles de todos”.
El jueves 1.º de enero, durante su misa en la Capilla Papal, el mensaje universal de paz también fue en extremo claro. “El mundo –dijo– no se salva afilando las espadas, juzgando, oprimiendo o eliminando a nuestros hermanos y hermanas, sino esforzándonos incansablemente por comprender, perdonar, liberar y acoger a todos, sin cálculos y sin miedo”.
Al abrir la XIV Jornada Mundial de la Paz, ese mismo día, llamó a una paz “desarmada” y “desarmante”, además de “humilde y perseverante”, y añadió en otro pasaje: “La paz tiene el aliento de lo eterno; mientras al mal se le grita ‘basta’, a la paz se le susurra ‘para siempre’”.
No se quedó, sin embargo, en estos y otros inspiradores conceptos. También reveló –para condenarlos– datos concretos sobre el gasto militar, que en el 2024, “a nivel mundial, aumentaron un 9,4% respecto al año anterior, confirmando la tendencia ininterrumpida desde hace 10 años y alcanzando la cifra de 2.718 billones de dólares, es decir, el 2,5% del PIB (producto interno bruto) mundial”.
Espiritual y terrenal. Doctrinario y pragmático. Enfático y sereno. Admonitorio e inspirador. Anclado en su religión, pero abierto a la condición humana universal. Desde estos rasgos, León XIV ha estado perfilando un estilo de pontificado de gran relevancia para la coyuntura global que vivimos. De aquí la importancia de escucharlo con atención, no importa cuáles sean las discrepancias sobre otros temas y convicciones.