El dulce vasco oculto que cura la garganta y se celebra cada invierno
El origen centenario de los santiaguitos
Una tradición nacida en el Bilbao antiguo
La historia de los santiaguitos comienza a finales del siglo XVII en Bilbao. Estos pequeños caramelos, elaborados con malvavisco y azúcar, surgieron en una confitería local cuyo nombre se ha perdido con el tiempo, pero cuya receta ha resistido generaciones. La primera referencia documentada data de 1698, convirtiéndolos en uno de los dulces más antiguos del País Vasco.
El uso del malvavisco en su composición no fue casual. Esta planta, conocida por sus propiedades emolientes, fue durante siglos un remedio natural para calmar la garganta. Así, los santiaguitos se convirtieron rápidamente en un recurso popular entre la población local, especialmente durante los meses fríos.
Del obrador al santuario popular
Con el paso del tiempo, los santiaguitos trascendieron el ámbito de la confitería para convertirse en un símbolo de protección frente a los resfriados. Su consumo se consolidó especialmente en torno a la festividad de San Blas, patrón de las dolencias de garganta, que se celebra el 3 de febrero.
Durante esta fecha, es costumbre en Bilbao adquirir cordones bendecidos y consumir estos caramelos como parte de un rito de prevención y fe popular. Su sabor suave, textura esponjosa y la envoltura tradicional han permanecido prácticamente intactos desde su creación.
Elaboración tradicional y simbología
Ingredientes naturales y método artesanal
Los santiaguitos se elaboran con ingredientes sencillos: azúcar, raíz de malvavisco y clara de huevo. En algunas versiones se añade miel o esencia natural para potenciar su efecto calmante. La mezcla se trabaja a mano hasta lograr una consistencia esponjosa y se corta en cubos recubiertos de azúcar.
El proceso sigue siendo artesanal en las pocas pastelerías que mantienen viva esta tradición. En un mercado dominado por productos industriales, los santiaguitos representan un vestigio de la confitería clásica bilbaína.
Más que un caramelo: una protección invernal
Para muchos bilbaínos, estos dulces son mucho más que un simple placer: son una parte esencial del patrimonio cultural de la ciudad. Cada invierno, las familias mantienen la costumbre de comprarlos en fechas señaladas, no solo por su sabor, sino también por su valor simbólico.
La tradición dicta que deben conservarse durante todo el año en casa, como una especie de “santuario doméstico” contra los males de garganta. Aunque no existen pruebas científicas que avalen su eficacia, su valor emocional es indiscutible.