Vivo a cien metros de la Embajada de Venezuela en Buenos Aires y una tarde vi con mis propios ojos cómo un kirchnerista –un progre pijo y sobrealimentado de Palermo Hollywood– le explicaba con dureza y arrogancia las bondades del régimen chavista a un inmigrante escuálido que había huido del hambre y de la persecución política de aquel país desdichado. La frivolidad, la necedad y la impertinencia del porteño , que pretendía explicarle Venezuela a un venezolano, muestra de un modo microscópico un fenómeno de características globales: la izquierda occidental –con sus honrosas excepciones; Bachelet y Boric son algunas de ellas– tuvo simpatías y fue cómplice directa o indirectamente de ese nefasto experimento autoritario llamado 'socialismo del siglo XXI'. Y ahora se permite fustigar el lógico alivio de millones de exiliados: los cómplices vuelven a darles lecciones morales a las víctimas. Esta historia indignante tiene raíces profundas. Los peronistas de izquierda, que se consideraban a sí mismos 'socialistas nacionales', siempre recriminaron al general Perón que no se hubiera sostenido en el poder a sangre y fuego, iniciando una guerra civil en 1955 con una parte del Ejército de su lado y con milicias populares, y admiraron por lo tanto la 'resistencia militarizada' ulterior del régimen bolivariano y su negativa a 'entregar la patria', es decir: a ceder a la 'oposición cipaya' el Gobierno incluso cuando ésta lo derrotó genuinamente en las urnas. El desastre bolivariano y su callejón sin salida no sólo es producto de la negligencia más escandalosa sino de un modelo que vino fallado de origen: la aplicación del 'socialismo nacional' –un particular maridaje latinoamericano de marxismo y nacionalismo– ha resultado siempre calamitosa para la vida y para la economía, puesto que con su endogamia, su demagogia, su despilfarro, su irresponsabilidad y su consecuente fracaso social sólo puede ser perpetuada por medio de la persecución política, la censura más férrea, la violación sistémica de los derechos humanos, el exilio masivo y la anulación paulatina de todas y cada una de las reglas democráticas. El modelo sólo cierra con violencia. Hugo Chávez tenía los mismos ídolos que las juventudes montoneras de los años 70: Fidel Castro y Juan Perón. «Soy un peronista de verdad, un profundo peronista de corazón», dijo alguna vez. Maduro, que también obedecía al castrismo, no se quedó atrás, se proclamó «soldado de Perón» y se decía «evitista» (por Evita). La mezcla de caudillismo patriotero con esquirlas del decadente comunismo cubano no conduce a una democracia liberal sino a una autocracia. Cuando la derecha instaura un régimen opresor, la 'izquierda caviar' lo denomina 'dictadura'. Pero cuando es la izquierda la que implementa un sistema despótico similar lo llama suavemente 'revolución', que sigue siendo para ella, y a pesar de tantos estropicios y evidencias históricas en contrario, una palabra romántica. El aroma de las viejas utopías actúa como una especie de anestesia –Fidel lo sabía muy bien y manipulaba a intelectuales y artistas con épica guevarista, con falso victimismo y con todo su ampuloso folclore–, y luego estas naciones esperpénticas se transforman en caballos de Troya para grandes potencias de partido único que pretenden deteriorar a Occidente y que buscan el efecto contagio: en la Argentina de Cristina Kirchner estuvieron muy cerca de conseguirlo. Esos regímenes izquierdosos y bananeros se transforman también en factorías de fondos para aceitar el entusiasmo lejano y conseguir ardorosos defensores públicos e insospechables lobistas; a esa faena abyecta agregan pingües negocios para repúblicas y corporaciones aliadas que actúen como escudo protector y desbaraten condenas o medidas de presión internacional. Estas tiranías son un fantástico negocio para aventureros y supuestos demócratas de izquierda –España tiene unos cuantos–, que han medrado con esos dineros sucios y se han convertido en fervorosos paladines de un régimen de oligarcas con charretera que provocaron un abismo de pauperización criminal. Extraño sentido de la igualdad ha tenido este progresismo moderno, que ha militado dentro del Grupo de Puebla y que hoy se rasga las vestiduras ante la captura de Maduro, cuando ha hecho la vista gorda durante años frente al quiebre de instituciones, los presos políticos, los asesinatos, las torturas, la delación, el narcotráfico y una economía fascista y devastadora que generó indigencia a gran escala y una de las mayores y más dolorosas diásporas. Cuando se consiente, en nombre de la pasta o la ideología, que exista un sistema de poder semejante en el concierto internacional hay que prepararse para un desenlace indeseado: la salida nunca es buena; nos vemos casi siempre obligados a elegir entre lo malo y lo peor. Es por eso que no existe euforia sino una cierta incomodidad en el aire: a Donald Trump no le interesa la democracia, sino el petróleo y la geopolítica, y tiende burdamente a confirmar el prejuicio del clásico Tío Sam imperialista de colmillos largos e insaciables. Washington debería recordar algo: al principio Chávez logró cautivar a las masas porque estas tenían muy fresca precisamente esa clase de prepotencia y de vampirización que los Estados Unidos había operado con descaro en la región durante décadas: las venas abiertas de América Latina, lo inmortalizó Eduardo Galeano, aunque luego se arrepintió del contenido maniqueo de su propio libro. El desprecio del presidente norteamericano por María Corina Machado y por el proceso democratizador de Venezuela hace suponer que este populista de derecha se conformaría con un chavismo trumpista, novedosa forma del egoísmo, del saqueo y de la miseria humana. A veces lo contrario de una infamia puede ser otra. Nada de eso borrará, no obstante, la insolidaridad que la izquierda global dedicó a los sufridos venezolanos y la negación, cuando no el entusiasmo, que les reservó a los dictadores de Caracas: sin esa inestimable ayuda, Maduro y sus secuaces no hubieran llegado tan lejos.