La primera vez que entré en el colegio de mi pueblo me llamó la atención la pintada que recibía a los críos cada día de su vida desde los tres a los doce: si puedes soñarlo, puedes lograrlo. Nada decía de esforzarse, de tener curiosidad, preguntar o indagar. De leer o informarse, ni hablamos. La profesora de inglés animaba a los padres a escuchar a sus retoños parlotear en esa lengua sin corregir equivocaciones, para no frustrarles. Así que los chiquillos podían farfullar cualquier cosa y ellos tenían el encargo de aplaudir y celebrar. Qué bien, y qué gracioso, qué listo ha salido, madre. Por aquellos días también visité una escuela de esas de nuevas metodologías a razón de novecientos...
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