Si el camino sevillano del Gólgota comienza cada año en San Lorenzo, otra de las primeras paradas ineludibles está en la parroquia de San Vicente . Fuera del templo aún quedan caramelos pegados a la calzada, y en muchos hogares todavía resisten los belenes y la decoración de unas navidades que no acaban oficialmente hasta el domingo, pero este viernes bastaba cruzar la puerta de la calle Cardenal Cisneros para sentir cómo el almanaque comenzaba a pasar las hojas buscando un tiempo nuevo. El traslado del Señor de las Penas a su altar de quinario es una cita que cada año reúne a más y más cofrades atraídos por el recogimiento de este breve pero intenso acto piadoso y por el buen gusto que la corporación que el año pasado cumplía 150 pone en todo lo que hace. Daban las nueve de la noche cuando el templo se quedó a oscuras , sin más luz que la de los hachones del paso, los del altar y el medio centenar de hermanos con cirio que antecedían a la talla de Jesús caído. El silencio sólo era roto por los carraspeos y la tos de los presentes en una jornada de frío invernal. La imagen comenzó entonces a recorrer las naves de la iglesia portada en andas por un grupo de hermanos. El órgano y un trío de voces masculinas solemnizaban el acto, que duró menos de treinta minutos, pero dejó un profundo poso en los numerosos cofrades congregados. Las célebres notas de Antonio Pantión en su eterna marcha 'Jesús de las Penas' en el instrumento no hacían sino añadir dramatismo a la escena mientras las sombras de la imagen con su cruz a cuestas y los hermanos del cortejo se proyectaban sobre las paredes del templo. En el altar mayor aguardaban, a ambos lados de la estructura ya preparada, la Virgen de los Dolores y San Juan Evangelista , dispuestos para el quinario que comenzará el próximo martes. Llegado ese momento, el altar efímero instalado por la priostía estará lleno de puntos de luz, pero en la noche cerrada del 9 de enero el Señor de las Penas debía abrirse paso entre las tinieblas, como si tímidamente, sin querer hacer ruido, fuera ya caminando hacia su inevitable destino. Llegarán los días en los que todo se apresure y el tiempo eche a correr, pero de momento es un anuncio pausado y armonioso de lo que está por venir. Apenas duró media hora el traslado. El titular cristífero de la hermandad de las Penas había llegado al presbiterio de la parroquia, donde se rezó por los hermanos difuntos de la corporación del Lunes Santo antes de que los participantes se dispersaran. Los tiempos en Sevilla son fugaces y certeros y no dejan margen para el despiste. Un colmatado calendario de ritos da forma al camino que muchos seguiremos en las próximas semanas. Fuera, en la calle, la ciudad aún va despertando tras las fiestas navideñas. Sin embargo, dentro de la parroquia de San Vicente, como en las cabezas de muchos sevillanos, ya se abre paso la Cuaresma.