Conocer a Gaudí en el centenario de su muerte: la etapa neogótica de Gaudí
Una serie para recorrer, paso a paso, las distintas etapas de la trayectoria del arquitecto catalán
Conocer a Gaudí en el aniversario de su muerte: la etapa orientalista de Gaudí
Con motivo del centenario de la muerte de Antoni Gaudí, llega esta serie para recorrer, paso a paso, las distintas etapas de su trayectoria como arquitecto. Más allá del mito y del souvenir, estas piezas buscan entender cómo evolucionó su manera de pensar, de construir y de mirar el mundo, y cómo cada periodo de su vida dejó una huella reconocible en su arquitectura y en la ciudad de Barcelona.
Tras el estallido cromático y ornamental de su etapa orientalista, Gaudí gira la mirada hacia el pasado europeo. No para imitarlo, sino para someterlo a examen. La etapa neogótica no es un retroceso ni un refugio estilístico: es una fase de estudio crítico, casi quirúrgico, en la que el arquitecto disecciona el gótico medieval para quedarse con lo que le interesa y descartar lo que considera un lastre.
Un gótico que había que corregir
En estos años, Antoni Gaudí se sumerge en el estudio del gótico catalán, balear y rosellonés, pero también del gótico castellano y leonés, que conoce de primera mano durante sus estancias en León y Burgos. Lejos de la veneración académica, Gaudí llega a una conclusión incómoda: el gótico es un estilo brillante, sí, pero incompleto. Un sistema que funciona a base de parches —contrafuertes, arbotantes, excesos decorativos— para sostener estructuras que no terminan de resolverse del todo.
Influenciado por las teorías de Viollet-le-Duc, Gaudí intenta ir más allá. Suprime elementos que considera innecesarios, reduce la ornamentación superflua y apuesta por soluciones estructurales más limpias, basadas en superficies regladas y en el uso sistemático del arco catenario. El objetivo no es parecer gótico, sino mejorar el gótico.
Austeridad y estructura: el Colegio de las Teresianas
Uno de los primeros ejemplos de esta etapa es el Colegio de las Teresianas (1888–1889), en la calle Ganduxer de Barcelona. El encargo exigía sobriedad y contención, en coherencia con el voto de pobreza de la orden. Gaudí responde con un edificio de ladrillo visto, severo en apariencia, donde cada decisión formal está subordinada a la lógica constructiva.
La fachada, coronada por almenas que evocan un castillo espiritual, introduce ya un juego simbólico que remite a El castillo interior de santa Teresa. En el interior, un largo pasillo articulado por arcos catenarios demuestra que la elegancia puede ser consecuencia directa de la estructura. Aquí el arco no adorna: sostiene, distribuye cargas y define el espacio. Es Gaudí aprendiendo a pensar la arquitectura desde dentro.
Astorga: neogótico a gran escala
El salto de escala llega con el Palacio Episcopal de Astorga, encargado por el obispo Joan Baptista Grau. Construido entre 1889 y 1915, el edificio dialoga con la catedral vecina sin imitarla, utilizando piedra de la zona y una composición que mezcla referencias medievales con soluciones claramente personales.
Torres cilíndricas, foso perimetral, pórticos abocinados y bóvedas de crucería conviven con una estructura racionalizada, pensada para eliminar dependencias externas. La relación de Gaudí con el proyecto se rompe tras la muerte del obispo, y el arquitecto abandona la obra antes de su finalización. Aun así, el edificio resume bien su ambición: reinterpretar el gótico desde una lógica moderna.
Casa Botines: el gótico baja a la calle
Poco después, Gaudí recibe otro encargo en León: la Casa Botines (1891–1894). A diferencia de Astorga, aquí el neogótico se adapta a un programa mixto: comercio en las plantas bajas y viviendas en las superiores. El resultado es un edificio robusto, de piedra almohadillada, flanqueado por torres y rodeado por un foso que parece más simbólico que defensivo.
Las agujas de pizarra, las ventanas pensadas para soportar la nieve y la escultura de San Jorge en la fachada convierten el edificio en una suerte de fortaleza urbana. Pero, de nuevo, bajo la estética medieval late una organización funcional precisa, pensada para el uso cotidiano. El gótico, aquí, deja de ser solemne y se vuelve práctico.
Proyectos no construidos y aprendizajes decisivos
La etapa neogótica también incluye proyectos que nunca llegaron a materializarse, como las Misiones Católicas Franciscanas de Tánger. A pesar de quedar en papel, este conjunto —con torres parabólicas y arcos catenarios— dejó una huella profunda en Gaudí. Algunas de sus soluciones reaparecerán, años después, en la Sagrada Familia.
A medio camino entre lo construido y lo imaginado se sitúan también las Bodegas Güell (1895–1897), un conjunto de perfiles agudos y cubiertas vertiginosas que refuerzan la verticalidad como principio expresivo, y la Torre Bellesguard, donde Gaudí dialoga con la historia medieval catalana respetando un antiguo palacio real y reinterpretándolo desde su propio lenguaje.
Un puente hacia la madurez
La etapa neogótica no es un destino, sino un tránsito. En ella, Gaudí aprende a dominar la estructura, a depurar el lenguaje y a pensar la arquitectura como un sistema coherente. Cuando la abandone, ya no necesitará mirar al pasado. Tendrá herramientas suficientes para construir un universo propio.
El arquitecto que vendrá después —el de las formas orgánicas y las leyes naturales— no se entiende sin este periodo de estudio, duda y corrección. El gótico fue su maestro severo. Y Gaudí, un alumno que nunca se conformó con repetir la lección.