La historia comienza con un rostro joven. No es el perfil de un hidalgo castellano, sino el gesto italiano, casi arrogante, de quien ha aprendido que el mundo se conquista antes con dinero y contactos que con sangre y estirpe. Ese rostro –atribuido, no probado, al pincel de Bartolomé Esteban Murillo – parece salido de la propia ciudad: Sevilla atlántica, abierta al comercio, al oro americano, a las lenguas extranjeras, a la promesa de que todo puede comprarse. En esa Sevilla del Siglo de Oro, portuaria y bulliciosa, nadie pregunta de dónde vienes mientras sepas moverte. El joven Mañara se mueve bien. Su mirada no es la del exceso, sino la del control. No desafía a la ciudad: la encarna....
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