Marina Heredia: "El flamenco de Granada es distinto a todo"
Marina Heredia publicará en un par de meses «¡En libertad! El camino de los gitanos», un disco del que a finales del año pasado adelantó la rumba, grabada junto a Lolita Flores, «Juan el Egiptano». Precisamente, en 2025 se celebró el VI centenario de la llegada del pueblo gitano a la península ibérica, y esa es la médula de la nueva obra de la artista granadina, que ella define como «un acto de dignidad y verdad».
Ese álbum, que se divide en dos partes, una sinfónica y otra netamente flamenca, nació tras una exhaustiva investigación histórica que la llevó al corazón de las tinieblas, pues resultó tan apasionante como dolorosa: «Este trabajo parte de la India, o sea, describe el camino desde que nos expulsan [a los gitanos] de la India hasta nuestros días, pasando por esos 600 años que tú dices, pero también por otros muchos episodios de la historia, como el Holocausto nazi. Hemos intentado componer alrededor de ese suceso histórico y para poder hacerlo fiel hemos tenido que hacer un trabajo de documentación e investigación bastante potente, porque hay muchas leyendas urbanas que se cuentan y que no tienen fundamento. Y gracias a mi primo Alejandro Heredia, que es profesor en la universidad de Granada, hemos podido documentar fielmente lo que íbamos a componer y contar».
Habla Marina del Holocausto nazi, ¿todo el disco posee un componente trágico? «Desgraciadamente hay mucho más de trágico que de alegre en nuestra historia. Pero también hemos querido desempolvar esa forma nuestra de vivir, esa alegría, ese modo de celebrarlo todo con música, lo bueno y lo malo. Un poco contar nuestra historia, todo lo que nos ha pasado en el transcurso de ese camino, pero también que queden claras nuestras prioridades y la forma de vida del gitano, con muchas curiosidades. No sé si sabes –añade– que la rueda del carro que está en la bandera gitana tiene 16 radios y cada uno representa una tribu gitana. Los que salieron de la India, que expulsaron los romanos, se han ido esparciendo por el mundo y son esas tribus que hay localizadas. La de Israel, por ejemplo, ha desaparecido».
"Yo no he vivido la Gran Redada ni el Holocausto nazi, pero es que el ADN te grita"
¿Y cómo se sustancia eso musicalmente? ¿Cómo han hecho para seleccionar el material? «Ha habido que cribar mucho –explica–, porque si no hubiese sido una enciclopedia de 20 discos. La parte sinfónica, que fue la primera que se compuso, es un encargo de una orquesta alemana, la Duisburger Philharmoniker, fíjate qué ironía. Porque esto parte de un hecho: la primera vez que una flamenca hace una residencia con una sinfónica durante todo un año, haciendo varios proyectos con ellos, y uno de ellos era un encargo original y me dieron absoluta libertad para hacer lo que yo quisiera, tanto en la elección del tema como del compositor. Aproveché entonces para empezar este trabajo y lo que canto es letra y música de José Quevedo, “Bolita”, y la parte orquestal es del maestro Joan Albert Amargós. Eso se estrenó ya en Alemania –prosigue–, pero a mí se me quedaba corto. Ya sabes que las obras clásicas no duran más de 30 minutos. Entonces hemos compuesto después una parte flamenca en clave flamenca, con otros episodios que se nos habían quedado fuera de esa parte sinfónica». ¿Ha supuesto este trabajo, por todo lo que conlleva, una mayor responsabilidad que todo lo que había hecho hasta ahora? «Uf, sí –asiente–, y un reto mío personal también. Porque yo no he vivido, por ejemplo, la Gran Redada ni el Holocausto nazi, ni he vivido esas persecuciones y esas injusticias que se han dado a lo largo de la historia, pero es que el ADN te grita».
Artista libérrima
Marina reconoce que a lo largo de su carrera ha dejado de hacer trabajos más comerciales que podrían haberla llevado a otro lugar: «Sí, así es. Pero no por decir “yo esas cosas no las hago”, sino porque sabía que no iba a disfrutar con ellas. No me gusta hacer las cosas sin un porqué, sin creer en lo que estoy haciendo. Me podré equivocar, pero esa es mi forma de ver el camino. Cuando me da un pellizco en el estómago, como cuando te subes a un sitio muy alto y te tiras, es cuando digo “eso hay que hacerlo”».
"Los códigos del flamenco no se aprenden en dos discos que escuches ni en tres fiestas que te des con dos flamencos"
Granadina de nacimiento, tiene claro que el flamenco de esa ciudad posee un sello distintivo, una huella digital propia, que lo hace diferente del que se hace en el resto de Andalucía: «El flamenco de Granada, siempre lo he dicho, es distinto a todo. No es mejor ni peor que ninguno de los otros, pero es distinto. Yo soy muy de Granada en todos los sentidos, mi cante es muy de allí. El de Granada es un cante muy muy femenino, muy poderoso, muy agudo, porque en las danzas del Sacromonte de los 40 artistas que había, 35 eran mujeres, y todas cantaban y bailaban, y eso es algo que se refleja musicalmente en la herencia que nos han dejado. Pero, como dijo el maestro Fosforito, que ha muerto hace poco, el cante grande lo hace el cantaor, independientemente de dónde sea».
En los últimos años se ha dado mucho intrusismo en el flamenco: hay mucha gente que se cree que por dar palmas y taconear ya está haciendo flamenco, y eso no es flamenco, es folclore, pero no flamenco. ¿Qué es el flamenco? «Hay una frase que decía Camarón: o se hace flamenco o se hace otra cosa –sentencia Marina–. Es verdad que hay músicos a los que les gusta el flamenco, que beben de él, igual que del jazz o de la música clásica, y luego esas influencias las introducen en su música, pero eso no es flamenco. El flamenco se define solo. Es una música, o un arte, muy difícil e intensa, a la que le tienes que dedicar muchos años, una vida entera. Los códigos del flamenco no se aprenden en dos discos que escuches ni en tres fiestas que te des con dos flamencos, no. El flamenco es mucho más y no se termina nunca de aprender. Entonces, claro, utilizar la palabra flamenco con esa alegría… Creo que la industria es la que tiene la culpa de eso, porque ha utilizado esa palabra como gancho, pues es verdad que vende mucho en todo el mundo. Y cuando dicen eso de “flamenquito” o “los flamenquitos”, o lo del “flamenco urbano”… Uf».
Marina en tierra (de locos y poetas)
Por Javier Menéndez Flores
Tenía Lorca una chistera de la que extraía aliento y fiebre. Uñas que gritaban como muchachas aterradas y una voz que se hundía en la carne con la terca voluntad del deseo. Y cada vez que el circunspecto Dalí se reía era como si estallasen unos cuantos escaparates, y a ver quién era el guapo que osaba examinarle. Y lucía Buñuel el torso desnudo cual gladiador y se aseaba con el agua heladora de Calanda mientras Juan Ramón, tan nefelibata, miraba el mundo a través de una colección de nubes y aún creía en la utilidad de la letra g.
Se enamoró Marina de esas habitaciones sin adornos innecesarios y de esos jardines callados y pletóricos de secretos y de un servicio eficacísimo que desconoce las indiscreciones y las maneras obsequiosas. Y hay veces en las que cree cruzarse, por los quietos pasillos, con poetas eximios y locos perfectamente cuerdos que quizá fueron visionarios, pero al frotarse los ojos solo ve el baile lentísimo de unas ramas tras el ventanal y una melancolía que sabe burlarse con mucho arte de sí misma.
Venían los gitanos a la península como un río bullicioso y de esa explosión han pasado seis siglos, Dios bendito. Pero Marina ha querido saber más y ha puesto su voz sin confines al servicio de la Historia, pues hay eventos que no solo deben ser recordados sino elevados a la categoría de arte. Y cantar es recrearse en ciertos gestos ancestrales, ya que el tiempo, ese que todo lo puede, apenas ha logrado erosionarlos. Hay un grito que se abre paso entre las brumas de nuestros antepasados y que suena hoy igual que hace seiscientos años, y que sabe más de la pena y de la euforia que todos los terapeutas que habitan este mundo.
Si te pido que me hables de tu rincón favorito, Marina, me miras hondo y sentencias que el barrio que te vio crecer es tu patria. Por eso resplandecen en tu memoria los jazmines que caen de los cármenes del Albaicín como melenas salvajes. Y a poco que te descuides te ves corriendo entre las callejuelas empedradas o encaramándote al aljibe de San Nicolás. Y en el Gómez Moreno la liabas parda con tu imaginación infinita y eras siempre tú quien se ofrecía a montar las fiestas de fin de curso. Maquinar o morir, no quedaba otra, y así ha seguido siendo hasta hoy mismo. Y no olvides nunca que Estrella y tú tomasteis el fuego de idéntica chimenea y que os abrasan emociones parecidas, aunque al abrir la boca seáis tan distintas y tan únicas.
Preside el altar mayor de sus héroes con contornos de semidioses el padre que le dijo sutilmente que se apeara del baile y cantase con los ojos cerrados y el corazón abierto, pero que no dejara jamás de estudiar a los clásicos. Y ahí estaba ella, en el suelo vivo de los tablaos, con solo dieciséis años y todo el presente por delante. Hasta que la mayoría de edad le regaló la llamada de Eva Yerbabuena y a partir de ahí comenzó a volar sin la mirada omnipresente de Jaime.
Si digo «I look to you» notas cómo tus pequeñas aventuras de entonces se mezclan en tu cabeza con el rostro de esa hermosa negra que tuvo tan mala suerte. Y parece que fue ayer cuando Parrita, tu ancla, sonaba, sanador, allá en La Fuente, mar adentro del Paseo de los Tristes, junto a los lokos Ketama. Pero permíteme que cierre esta pieza con aquel chaval de San Fernando que un día se desvaneció como un castillo de arena para volverse eterno.