La Barbie autista
Mi amiga Julia Navarro ha bautizado «Barbie» a su perrita, la viste de rosa y la guía con una correa del mismo color, y Julia sabe de «bestsellers» lo que no sabe nadie. Como la diosa de Mattel, ninguna. Unas piernas vertiginosas, una cintura de anillo en lo alto del compás y el melenón platino. Barbie es el sueño de las niñas que quieren ser Bella y Shakira en el mismo baile y, a la vez, constituye motivo de conflicto social, ya saben. Su pequeña persona purpurina enfrenta a feministas, tradwifes –que esperan al marido en casa tan guapas como ella– y conservadoras que denuncian sus escotes. La gran batalla es entre crías y madres, porque las primeras son púberes precoces, partidarias de tacón y maquillajes y las segundas intentan frenarlas.
Con Barbie hubo y hay un interesante debate que no se dio con la Nancy de los 70 y 80, el Nenuco o las Bratz de mis hijas, que fueron mucho más rompedoras y menos polémicas, pese a sus alzas y pelos de colores. Yo creo que es porque te cuestiona siempre, te pone frente a la elección: ser o no ser Barbie.
Esta centralidad de la muñeca, su visibilidad social, es lo que hace que las causas la codicien como totem, incluso aquellas aparentemente contrarias a ella. Hay barbies negras, chinas, con vitíligo, con síndrome Down, barbies calvas o barbies inspiradas en las famosas. Por supuesto, barbies astronauta, submarinista, piloto de carreras, princesa y presidenta. Ahora sale la barbie autista y también mi rechazo inicial: que si estamos en el mundo de las cuotas, que se pretende negar que el autismo sea un problema, que es superficial, esas cosas. Luego he pensado que basta de prejuicios, que si alguien comprende lo que es el autismo gracias a esta muñeca, bienvenido sea. No hay nada más alejado de una fashionista que una discapacitada, pero puede que el método sirva para hacer entender que también ellas son bellas, aunque tengan ojos estrábicos, problemas de piel, cojera o lo que tengamos cada una, que vamos servidas todas.
Las discapacidades psíquicas son más complejas de entender que las meramente físicas. Ser manco o usar silla de ruedas es perceptible a primera vista, padecer bipolaridad, esquizofrenia, autismo, no. Barbie autista tiene manos y piernas flexibles, para imitar los movimientos repetitivos, la vista ladeada –porque los autistas evitan las miradas directas–, ropa suelta para impedir molestias angustias, cascos para evitar los sonidos y hasta un fetiche tranquilizador en la mano.
Es una forma rápida de identificar las peculiaridades de una forma de ser que entraña sufrimiento extra y dificultad de adaptación. Nunca lo hubiese dicho, pero viva Barbie.