¿Qué pasó en 1959? (II y final)
Varios viajes realizó el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz aquel ya lejano 1959, hace ahora 67 años. El primero de ellos fue a Venezuela a fin de agradecer al pueblo y a las autoridades de ese país la ayuda moral y material que ofrecieran a la causa de la Sierra Maestra. Invitado por la junta patriótica de esa nación, Fidel arribaba a Caracas el 23 de enero, justo en el aniversario del derrocamiento de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, y, aclamado como héroe continental, 300 000 personas lo saludaron y escucharon durante dos horas sus palabras en la Plaza del Silencio.
No descansa en sus días en el gran país sudamericano. Se encuentra con Wolfgang Larrazábal, presidente de la Junta Patriótica, que acude a recibirlo al aeropuerto de Maiquetía; sostiene, en Miraflores, una larga entrevista con el Consejo de Gobierno, y pronuncia un discurso en el Aula Magna de la Universidad, donde lo distinguen con la boina azul que es símbolo del estudiantado local. Le rinden honores en el Parlamento, donde enjuicia, «serena y pausadamente», los grandes problemas de América y, resuelto, se pronuncia por la no intervención foránea en los asuntos del continente. Se iniciaba la guerra mediática, Cuba era satanizada por el accionar de los tribunales revolucionarios contra los grandes culpables de la tiranía batistiana y el jefe rebelde recababa el apoyo de Venezuela en el enfrentamiento a la criminal campaña.
«¿Por qué vine a Venezuela?», se preguntaba Fidel en uno de sus discursos. «Vine a Venezuela en primer lugar por un sentimiento de gratitud. En segundo lugar, por un deber elemental de reciprocidad para todas las instituciones que tan generosamente me invitaron a convivir con Venezuela este día glorioso del 23 de enero. Pero también por otra razón. Porque el pueblo de Cuba necesita la ayuda del pueblo de Venezuela. Porque nuestra patria está sufriendo la campaña más criminal, canallesca y cobarde que se ha lanzado contra pueblo alguno.
«¡Ojalá que el destino de nuestros pueblos sea un solo destino! ¿Hasta cuándo vamos a estar en el letargo? ¿Hasta cuándo divididos, víctimas de intereses poderosos? Si la unidad de nuestros pueblos ha sido fructífera, ¿por qué no ha de serlo más la unidad de naciones? Ese es el pensamiento bolivariano. Venezuela debe ser el país líder de la unidad de los pueblos de América».
Y al final de la visita, agradecido:
«¡Llevo en mi corazón el impacto de las multitudes!».
Decía el narrador Lisandro Otero en la crónica que sobre el acontecimiento escribió para la revista Bohemia:
«El programa de la visita fue amplio. El cumplimiento de horarios era difícil. Fidel durmió en la Embajada de Cuba y en el hotel Humboldt. Comía donde podía. Recibía dos o tres comisiones a la vez. Dondequiera que iba, una pared humana lo rodeaba. La comitiva lo llevaba de un lugar a otro sin que sus pies pudieran tocar el suelo. Era la apoteosis, el triunfo de un Libertador».
No vengo a pedir dinero
El 15 de abril parte Fidel hacia Estados Unidos. Viaja invitado por la Sociedad Norteamericana de Editores de Periódicos. Washington no oculta su disgusto. Alega no explicarse aquella invitación a un Jefe de Gobierno hecha por una organización privada, y Fidel aclara que no es la suya una visita oficial, sino la de un ciudadano que interesaba a la opinión pública internacional. De cualquier manera, causó asombro que el dirigente de un país pequeño y pobre no acudiera con un pliego de solicitudes, sino con el empeño de conseguir un entendimiento mejor entre ambos pueblos. «No vengo a pedir dinero», proclamó, enfático.
Como en Venezuela, la agenda de Fidel en EE. UU. es intensa y apretada. Durante un almuerzo con los editores de periódicos, expuso el programa de la Revolución. Dialogó, largo, con estudiantes universitarios y cubanos residentes en ese país y rindió tributo a Washington, Lincoln y Jefferson. El vicepresidente Richard Nixon lo recibe en sus oficinas del Capitolio; una entrevista acordada para 15 minutos, se extendió por dos horas y media.
Visita Canadá y vuelve a EE. UU. En Argentina participa en la Conferencia Económica Interamericana y, antes de su regreso a Cuba, el 8 de mayo, pasa por Brasil y Uruguay donde aboga, una vez más, por la unidad latinoamericana.
Operación verdad
En 1959 tiene lugar la llamada Operación Verdad. Más de 400 periodistas extranjeros se dan cita en Cuba para conocer el accionar de los tribunales revolucionarios.
Algunas medidas tuvieron que ver directamente con la cultura. El 24 de marzo se crea el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (Icaic) y el 31 de marzo la Imprenta Nacional de Cuba que, a propuesta de Fidel, inaugura su catálogo con El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, una edición en cuatro volúmenes. Su precio: 25 centavos cada uno.
Que vuelva Fidel
La noticia se mantuvo en el más estricto silencio. En las primeras horas de la madrugada del viernes 17 de julio se inutilizaron todos los teléfonos en la redacción y talleres del periódico Revolución, órgano del Movimiento 26 de Julio y se prohibió la entrada y salida del edificio. La noticia se conoció al fin cuando, en letras negras de cinco pulgadas y media, apareció en la primera página del rotativo un titular que decía «Renuncia Fidel». La situación se había hecho «alarmante e insostenible», y la tirantez entre el Presidente y el Premier alcanzaba su más alto grado. El mandatario, con energía y sin tapujos, aludía a la infiltración comunista en el Gobierno y a los peligros e inconvenientes que ello traería para el país, y haciendo el juego a enemigos internos y externos trataba de contener o retrasar las medidas más revolucionarias impulsadas por el Consejo de Ministros.
Se acercaba el sexto aniversario del asalto al cuartel Moncada. Manuel Urrutia se mantenía en la Presidencia, inalterable. Fidel Castro Ruz conservaba su condición de Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas. El ánimo se inflamaba en la calle, se reunían obreros y estudiantes y en los muros se pintaban frases de apoyo al Premier renunciante.
El mismo 17 de julio, por la noche, Fidel compareció ante las cámaras de la TV cubana para explicar al pueblo los motivos de su determinación. Mientras hablaba, un nutrido grupo de ciudadanos rodeaba el Palacio Presidencial y dejaba escuchar un grito unánime: «¡Que se vaya Urrutia!».
El Presidente quedó sin alternativa. Esa misma noche presentó su dimisión ante el Consejo de Ministros, que designó en la Presidencia al Doctor Osvaldo Dorticós Torrado, un abogado cienfueguero que se desempeñó hasta entonces como ministro de Leyes Revolucionarias.
El cambio solucionó la crisis. Fidel, sin embargo, no reasumió el Premierato. Quería que fuera el pueblo el que decidiera si lo hacía o no. En su opinión, el asunto se dirimiría en la Plaza, durante la concentración del 26 de Julio, a la que asistirían miles de campesinos que avanzaban desde el centro de la Isla en una cabalgata que encabezaba el Comandante Camilo Cienfuegos.
La presencia en la Plaza de aquellos campesinos fue más que un acto simbólico. Fidel viajaba continuamente por el interior del país, convivía con campesinos pinareños, alternaba con carboneros en la Ciénaga de Zapata; sobre el terreno, diseñaba el futuro de un remoto paraje de Isla de Pinos, regresaba a la Sierra Maestra… El 24 de diciembre celebraba la Nochebuena con habitantes del poblado cenaguero de Soplillar, adonde llegó, sin que nadie lo esperara, a bordo de un helicóptero.
Pero las presiones para que reasumiera el cargo crecían por momentos, tanto que la Confederación de Trabajadores de Cuba dispuso un paro laboral de una hora para demandar su retorno. Cuba se paralizó entonces de una punta a la otra. Pararon no solo la industria, el comercio y los servicios; también se detuvieron en las calles los transeúntes, y los vehículos, detenida la marcha, hicieron sonar sus bocinas.
Aquel 26 de Julio, ante un millón de personas, en magno plebiscito popular, volvió Fidel al Premierato. El júbilo en la Plaza de la Revolución se hizo indescriptible. Miles de sombreros de yarey, típicos de los campesinos cubanos, se lanzaron al aire y se levantaron enhiestos los machetes que todos llevaban a la cintura. Fidel se reintegraba al cargo de Primer Ministro en la punta de los machetes de los campesinos cubanos.