Abiertamente presentes
A partir de este año queda prohibido el uso de celulares en el aula, tanto para estudiantes como para maestros. Esta disposición ha quedado regulada por la Resolución Ministerial 0001/2026, que de boca para afuera todos la aprueban. Cuando digo todos, me refiero a padres de familia, estudiantes, profesores, autoridades. Y digo de boca para afuera porque inmediatamente aplauden la medida surge el pero. “¿Pero si hay una emergencia cómo me comunico con mi hijo, con mi hermano? ¿Pero cómo se va a prohibir el acceso a la nueva tecnología, eso no es troglodita?” Poco a poco surgen más argumentos como el que la prohibición del celular en el aula es una “afrenta a la libertad”. No falta el que sin pudor dice que como profesor le quitan su herramienta de trabajo porque “en el celular tiene sus textos y los contenidos de la clase”.
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Por esta disposición tanto estudiantes como profesores tienen que retornar a la lectura en textos de papel y a la escritura manual. Ejercicios que requieren mayor concentración, presencia real en la actividad que están realizando. Para el profesor requiere la búsqueda de elementos motivacionales más creativos, más innovadores que sean capaces de captar la atención de un público saturado de imágenes, colores, movimiento.
Otro argumento esgrimido a partir de la prohibición de celulares en el aula es que apenas los profesores y los alumnos estén fuera, volverán a la vieja práctica de vivir pendientes del celular y los contenidos que, por las horas restringidas se dispararán como ametralladoras desde las redes sociales. La avidez con la que ingresarán a sus dispositivos será la de lobos hambrientos dispuestos a engullir todo lo que venga, estimulados por la inanición en la que fueron obligados a permanecer. Sin embargo este argumento podrá ser ampliamente superado cuando los estudiantes redescubran a los compañeros, la posibilidad de pensar por si mismos, de no depender del texto re-re-re-reenviado. Verán qué bueno es reir a coro, externalizar emociones en vivo, mirar de frente al otro, a los otros, sin vivir agachados con los pulgares accionando una teclas que lo soportan todo, hasta que se acaba la batería o los megas.
A la prohibición del celular en el aula debería seguir una educación social para que todos nos reeduquemos en la convivencia y la valoración de los afectos cara a cara. De poco servirá que los estudiantes luego de no poder usar su celular en el colegio, lleguen a su casa y sentados a la mesa con sus padres y hermanos no tengan nada que decir y todos agachados se rían solos o dejen de comer porque están muy ocupados dando un like al último chisme que aunque juren es verdad, sólo se trata de una mentira inventada por un anónimo producto de la inteligencia artificial.
No permitir el uso del celular en el aula no es fobia a la tecnología. Es más bien el intentar prevenir enfermedades mentales que están afectando gravemente a las personas a una edad cada vez más temprana. No es extraño ver gente parada en la calle, incluso a mitad de camino pulsando en el celular. Es muy frecuente que se envíen mensajes muy tarde o muy temprano restando horas al descanso. Tampoco es raro que en el cine, en el teatro, en reuniones de trabajo, en plenas horas laborales, la gente se detenga y se pegue a la pantalla de su teléfono, haciendo que todo a su alrededor deje de existir. Las enfermedades mentales como el estrés, la depresión, la ansiedad tienen como causa el excesivo uso del celular y la dependencia de las redes sociales que nos apartan de la realidad y de las relaciones sociales de carne y hueso, que disfruten el aprender sin la dictadura de una pantalla que los uniforma y los somete a no pensar.
(*) Lucía Sauma es periodista
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