Estar a un paso de ganar un Oscar por interpretar a la mujer de William Shakespeare puede darse porque llevas a este gigante tatuado en las entrañas o porque tu vida está íntimamente ligada a ella, a Agnes. Jessie Buckley cumple estas dos premisas. En 'Hamnet' esta actriz irlandesa interpreta a la mujer del dramaturgo, pero en realidad, Buckley estaba ya casada con él casi antes de nacer. Desde que puso un pie en un escenario improvisado junto a sus hermanos en un hogar donde el arte era oxígeno , la carrera de esta actriz despegó entre obras de teatro escolares y musicales, muchos 'noes' y algún que otro sí. Pero su vida estuvo sustentada por certezas muy poderosas, como Shakespeare o la maternidad, que son las que le han hecho levantar recientemente un Globo de Oro como mejor actriz por la película de Chloé Zhao, y ahora estar a un paso más cerca del Oscar. No hay impostura en ese camino, simplemente una herencia, un cuerpo, algo aprendido antes incluso de saber nombrarlo. La vida de Jessie Buckley empieza igual que la de Agnes, con las manos en una tierra verde, muy verde. Killarney, condado de Kerry. Irlanda. Antes de nacer, el arte ya se respiraba en el pequeño hogar de los Buckley. Con una madre arpista y profesora de coro y un padre poeta, la pequeña Buckley se crió, como unos cuantos niños de aquellas zonas, en un escenario. Antes de saber casi hablar ya interpretaba, ya fuera en un belén viviente del centro comercial o en el salón de su casa, que a base de cojines se convertía en un escenario improvisado con los cinco hermanos que hacían obras para sus padres . Los vecinos incluso apodaban a Jessie y a sus hermanos la 'Familia Von Trapp'. Para ir desempolvando esa vocación fue clave el colegio religioso para niñas donde iba junto a sus cuatro hermanas. Fue su madre allí quien le animaba a la interpretación , donde hacía papeles principales femeninos, pero también masculinos como Tony en 'West Side Story' y Freddie Trumper en 'Chess'. «No fue como ser una niña del show business», explicaría más tarde. «Crecí en una casa donde la música, la escritura y expresarse eran respetados y cuidados». Su adolescencia estuvo marcada por el teatro musical, pero también por muchos noes. Fue rechazada hasta en dos ocasiones para entrar en una escuela. Hay quienes ante un rechazo así se rinden o dudan. Buckley no. « Probablemente no lo hice tan bien como debería ese día, o algo así. Estoy segura de que mi rechazo fue justificable, pero sería interesante saber qué piensan ahora », decía. Esta pregunta se la formulaba después de haber participado en 'I´d Do Anything', de la BBC, un concurso musical en el que se enfrentaban a varias pruebas. Quien ganaba, protagonizaba el musical 'Oliver!'. Su relación con el fracaso no era la de la mayoría de jóvenes de su edad, que o desisten o se vuelven locos. Parecía que en su interior habitaba una certeza silenciosa: que tarde o temprano llegaría la oportunidad. Vivía la interpretación de un modo visceral, desde dentro, con la misma naturalidad de saberse hija de sus padres. Así lo vivían también ellos: «Tenemos la suerte de tener cinco niños geniales, y cada uno hace lo suyo. Si se caen, los levantamos, les damos cuerda y los mandamos a jugar », dijo su padre en una ocasión. No había épica en el tropiezo, solo continuidad. Su vocación hacia la interpretación vivida así, como un juego y al mismo tiempo como un destino casi irreversible, fue confirmada por hechos significativos, como su aceptación en la Royal Academy of Dramatic Art, donde obtuvo una de sus mayores certezas: Shakespeare. No hay actor sin él. «No fue hasta que descubrí a Shakespeare cuando pude considerarme actriz, porque sus palabras estaban tan llenas de significado», explicaba. Buckley se pone en la piel de Agnes, la mujer de William Shakespeare, en 'Hamnet', pero ya estaba casada con él desde hace mucho tiempo, casi desde que nació. En el colegio, en la escuela de arte dramático, donde confirmó su vocación a través de las palabras de este dramaturgo. Unas palabras que atravesaron su vida de un modo irreversible. De ahí que Agnes, su gran personaje, sorprenda a los críticos por su visceralidad, por una fuerza desgarradora que atormenta y estremece al mismo tiempo. Verla hace pensar que esta actriz irlandesa parece haber nacido para hacer ese papel y que toda su vida ha sido una escuela para hacerlo ahora. El talento de Buckley le llevó enseguida a recibir contratos para pequeños papeles en series, algunos conocidos como en 'Chernobyl'. Justo en el momento en que arrancó su carrera en la pantalla, vislumbró otra de sus mayores certezas: la maternidad. La joven aspiraba a ello en la vida real, pero fue en la ficción donde su talento empezó a ser reconocido en toda su amplitud. Fue con 'Wild Rose', su primer gran papel en la pantalla, donde esta joven actriz trataba de abrirse camino como cantante de country en Glasgow, una madre joven dividida entre el deseo de huir y la responsabilidad de quedarse . Una maternidad imperfecta, torpe, llena de aristas, que no pedía perdón, similar a la que encarnó en 'La hija oscura', donde interpretaba a la versión joven del personaje de Olivia Colman, una madre que decide mirar hacia otro lado, que huye, que se fragmenta, y que le valió para ser nominada a su primer Oscar. Con 'Hamnet', ambas certezas, Shakespeare y la maternidad, confluyen en una grande: Agnes. Ponerse en la piel de la mujer de Shakespeare cuando hay más bien poca información sobre ella no es fácil, pero la novela de Maggie O'Farrell ayuda, también las directrices de Chloé Zhao, aunque más aún su mirada, la de Buckley, porque en su corazón late Shakespeare. Y lo hace de un modo que apabulla. Sus gritos agonizantes en el parto quiebran a partes iguales que el modo en que sostiene a un Hamnet que convulsiona. Es algo así como una bestia indomable capaz de conmover con gestos sencillos, sin grandes aspavientos. Es una mujer que viene y va a la tierra, que tiene las manos manchadas siempre, ya sea de barro para enseñar a sus hijas saberes del campo, de especias o de lágrimas . Es esta maternidad la que le ha llevado a ser galardonada por esa Agnes abrumadora, salvaje, frágil al mismo tiempo que poderosa. Buckley encuentra en la debilidad de una madre que pierde a un hijo su mayor fortaleza. De Buckley se ha dicho que su interpretación no es impostada ni sobreactuada. Y quizá por eso duele: porque no actúa el duelo, lo habita. En 'Wild Rose' y 'La hija oscura' habitó formas de amor atravesadas por la culpa y el deseo, por la tensión entre la ambición personal y la profesional, por una maternidad en cierto modo ausente. En 'Hamnet' todo se quiebra para ir a lo radicalmente opuesto: con Agnes abraza la entrega pura, una maternidad nacida de haber sido arrancada de su propia madre . Una maternidad entregada hasta el punto de casi desangrarse por dar la vida. «Solo soy una chica que trabajaba como camarera y fue rechazada en la escuela de teatro [...] Haber llegado hasta aquí... no puedo expresar lo sorprendida que estoy». Cuando Buckley formulaba estas palabras no había entrado aún en la escuela de arte dramático. No se había encontrado con estas dos certezas, Shakespeare y la maternidad , que son las que le han llevado a recibir una nominación al Oscar, una maternidad que no se dio en la vida real hasta después de grabar la película de 'Hamnet'. Como si todo aquello aprendido en la infancia, en las manos manchadas con la tierra verde de Kerry, en los escenarios hechos de cojines, en los noes, hubiera estado esperando este momento.