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Cuando el dato no mata relato

El dato es el dato. No es una opinión, no es una creencia, no es una intuición. Es un punto de partida. Quienes me conocen saben que repito esta frase casi como un mantra. Soy epidemiólogo desde hace más de 25 años. Mi formación –y mi manera de ver el mundo– están profundamente marcadas por los datos. Creo en ellos. Confío en su capacidad para describir la realidad, desmontar intuiciones erradas y orientar decisiones responsables.

Tal vez por eso, en los últimos años, me resulta cada vez más inquietante constatar que el dato, por sí solo –y aun contextualizado–, ya no alcanza para convencer. No porque haya dejado de ser verdadero, sino porque el terreno donde se disputa lo público parece haber cambiado de forma radical: mentiras flagrantes, fake news y posverdad son monedas de curso corriente cada vez con mayor frecuencia.

Durante mucho tiempo creímos –y me incluyo– que las mentiras en política podían combatirse con información veraz y verificable. Que bastaba con desmentir, aclarar o explicar mejor. Que la verdad, respaldada por evidencia, terminaría imponiéndose. Hoy tengo la impresión –casi la certeza– de que ese supuesto ya no se sostiene. No porque la verdad haya perdido valor, sino porque las reglas del juego ya no son las mismas.

La posverdad no es un accidente ni una simple degradación del debate. Todo indica que opera como una estrategia finamente diseñada. Y, para la incomodidad de muchos, muy eficaz. No busca convencer plenamente, sino desordenar la realidad lo suficiente como para que la verdad deje de ser un punto de referencia compartido. Cuando todo parece discutible, la mentira deja de ser un problema ético y pasa a ser solo una versión más.

Con frecuencia se señala a periodistas, comunicadores, académicos y políticos por no lograr “detener” las mentiras. Sin embargo, me parece que ahí se comete una simplificación injusta. El problema no es solo de talento o de oficio, sino de desigualdad estructural. Decir la verdad cuesta y es un esfuerzo laborioso: requiere verificar, contextualizar, matizar, explicar. Por otro lado, mentir es rápido, emocional y barato. En un mundo saturado de información, donde la atención dura segundos y la indignación se propaga con facilidad, esa diferencia abre una enorme brecha que pocos pueden admitir.

Además, tendemos a suponer que el debate público es un ejercicio racional por naturaleza. Que las personas evalúan argumentos, contrastan la evidencia y ajustan sus posiciones. La experiencia –y no solo la literatura académica– sugiere algo distinto: la información se filtra según las identidades, los valores, las creencias previas y las emociones. Cuando una afirmación falsa refuerza una pertenencia política o cultural, corregirla no siempre la debilita; en algunos casos, hasta la consolida. El dato, lejos de aclarar, se percibe como una amenaza.

Otro aspecto que llama la atención es que la propaganda hoy no necesita credibilidad total: le basta con erosionar la confianza. No pretende que creamos todo, sino que dudemos de todo. Que desconfiemos de instituciones, de medios, de expertos, del conocimiento mismo. En ese escenario, quien miente no necesita tener razón; solo necesita cansar, saturar, desgastar.

Las plataformas digitales amplifican esta dinámica. Premian lo emocional, lo confrontativo y lo simple. Nos encierran en burbujas donde circula, una y otra vez, aquello que confirma lo que ya pensamos. Allí, la mentira no es una anomalía: es el contenido que mejor se adapta al sistema. El sesgo de confirmación, el espejismo de la mayoría, las cámaras de eco, las burbujas de filtro y el efecto de la verdad ilusoria, son solo ejemplos de cómo funcionan estos métodos.

Frente a esto, da la impresión de que muchos actores sociales han quedado atrapados en una lógica reactiva. Cada falsedad exige una aclaración; cada exageración, un desmentido. Pero responder siempre desde atrás implica aceptar que quien miente fija la agenda. Se corre detrás del incendio sin tiempo para construir un relato propio.

Quizá uno de los problemas más serios es el formal-narrativo: la verdad se comunica generalmente en forma de cifras, comunicados técnicos o correcciones frías; mientras, la mentira ofrece historias simples, con culpables claros y soluciones fáciles. Hoy, desafortunadamente, los datos sin relato están en desventaja frente a los relatos sin datos.

Nada de esto es nuevo: la historia muestra que la propaganda siempre ha apelado a la repetición y a la emoción. La diferencia es que hoy no se requiere un aparato centralizado ni una voz oficial única. El propio ecosistema digital reproduce esas lógicas de forma cotidiana, fragmentada y casi automática, muchas veces, ingenuamente y con buenas intenciones.

Así, el problema no es que el dato haya perdido valor. El dato sigue siendo el dato. El problema es que hemos dejado de cuidar las condiciones sociales, culturales y políticas para que importe y tenga valor racional.

Combatir la posverdad no puede reducirse a desmentir mentiras; hay que reconstruir la confianza, fortalecer la educación cívica y recuperar espacios donde todavía sea posible una conversación compartida.

Si seguimos creyendo que el problema se resuelve con un dato mejor presentado o con una aclaración más rápida, seguiremos llegando tarde. La mentira no avanza porque sea más inteligente, sino porque entendió antes –y mejor– cómo es el terreno en el que hoy se disputa el poder.

juan.romero.zuniga@una.ac.cr

Juan José Romero Zúñiga es médico veterinario, epidemiólogo y académico investigador en la UNA y la UCR. Ha publicado múltiples artículos científicos en revistas internacionales.

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